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<<¡Se ha ido!>>,  exclama Medora. ¡Cuántas veces estas palabras crueles turbarán su soledad! <<Hace sólo un instante que estaba allí, y ya…>> Se abalanza a la puerta de la torre, y entonces sus lágrimas pudieron seguir libre curso: jamás las había derramado con tanta abundancia y amargura; pero sus labios rehúsan todavía el pronunciar adiós: porque en esta palabra fatal, por más que queramos manifestar la esperanza, sólo respira la desesperación.

El dolor ya se había grabado sobre la frente de la pálida Medora los rasgos que el tiempo no puede borrar; sus ojos azulados, que poco tiempo antes animaba el amor, habían perdido todo su fuego buscando al que no esperaban volver a ver. Pero ¿no es Conrado al que ven todavía? ¡Ay! Él es sin duda; pero ¡ya está muy lejos! Estos hermosos ojos se hallan anegados en un torrente de lágrimas, cuyo manantial se renovaba cada momento. <<¡Se ha ido!>> Medora, desconsolada, cruza las manos sobre su corazón; después las levanta suplicando al cielo, mira las olas del mar y las velas del navio que se desplegan para recibir el viento, y se retira con el alma oprimida. <<Este no es un sueño-exclama-: mi desgracia es demasiado cierta.>>

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