La vida es perra vieja. A la vida, por más que te empeñes, no se le notan las costuras. Cuando crees poseerla se te escurre entre los dedos, se muestra amante desdeñada, hiena en celo, y a poco que te descuides te escupe a la cara su colación de espuma. A la vida siempre se le hace huésped pobre tu pobre presencia; y tarde o temprano te llamará al banquete donde serás convidado de piedra. No intentes adularla, no hay remedio. La vida es perra vieja, ya te digo, y sabe más por perra que por vieja. Pero es tan hermosa que duele, duele aun cuando no hay dolor y la hermosura -efímera como todo lo eterno- reparte sus dones a manos llenas.

Uno, viajero entre dos estaciones, gris tahúr del misterio y del asombro, juega a los dados con la vida algunas tardes de lluvia, juega una partida sabiéndola marcada de antemano; poco importa, si la gracia del juego no está en el cubilete ni en la mesa, sino en tu mano que mueve los dados. No te inquiete si la vida hace trampa. Tú, apúrala;

que la función es breve.

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