Y no que esté mal si las cosas nos encuentran cada día y son las mismas. Que a nuestro lado haya la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez sobre la bicicleta de nuestros anteojos, ¿por qué estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo empujar hacia afuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro.

 

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