No, me detengo, querido amigo, no tema. Por otra parte, voy a dejarlo aquí. Estamos frente a mi puerta. En la soledad y con ayuda de la fatiga, ¿qué quiere usted?, uno se toma de buena gana por un profeta. Después de todo, es eso lo que soy; refugiado en un desierto de piedras, de brumas y de aguas podridas. Un profeta vacío, para épocas mediocres. Un Elías sin Mesías, lleno de fiebre y alcohol, con las espaldas pegadas a esta puerta enmohecida, con el dedo levantado hacia un cielo bajo, cubriendo de imprecaciones a hombres sin ley que no pueden soportar ningún juicio. Porque, en efecto, no lo pueden soportar, mi muy querido amigo; ahí, está toda la cuestión. El que se adhiere a una ley no teme el juicio, que vuelve a colocarlo en un orden en el que él cree. Pero el mayor de los tormentos humanos consiste en que lo juzguen a uno sin ley. Sin embargo, padecemos precisamente de ese tormento. Privados de su freno natural, los jueces, desencadenados al azar, lo despachan a uno en un santiamén. Entonces, ¿no le parece?, hay que procurar actuar más rápido que ellos. Y así se produce un gran desorden. Los profetas y los curanderos se multiplican, se apresuran para traernos una buena ley o una organización impecable, antes de que la tierra quede desierta. ¡Felizmente yo llegué! Yo soy el principio y el comienzo, yo anuncio la ley. En suma, que soy juez penitente.

 

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