Hay quien viaja por placer, por negocios, por huir de problemas acuciantes, por vacaciones. Los hay que emigran, creyendo que algún día regresarán. Hay quien se exilia; y hay quien, sencillamente, desaparece. Conozco una forma de viajar que, no perteneciendo a ninguna de las causas aludidas, hace suyos todos estos argumentos. La gente del cine lo llama localizar.

Se supone que localizar es buscar los lugares donde transcurrirá la acción de la película que se tiene entre manos. No conozco mejor forma de viajar. Los que localizan destilan una mirada única sobre el mundo. Disponen del tiempo y el espacio de forma esencial. La realidad, desde el punto de vista del localizador, es como la del trampero del Viejo Oeste. Todos los horizontes le pertenecen.

El final de mi primera película, rodada en 1987, se desarrollaba en Portugal. El personaje central huía de España y se refugiaba en un lugar remoto. Como Lord Jim, quería desaparecer del mundo, ser olvidado para siempre. Qué remoto lugar mejor que aquel que un día fue considerado como uno de los confines del mundo: el Cabo San Vicente, el punto más al oeste del Algarve portugués.

José Luis López-Linares, el director de fotografía, y yo viajamos en su MG Maestro -un extraño modelo, años 80, de la casa Leyland- hasta los confines de Portugal en septiembre de 1986. Era un coche que, desde su color -verde ánfora- hasta su sistema de información por voz en italiano, no tenía comparación alguna con otros modelos del momento. El sistema de voz se disparaba en cualquier oportunidad. Dando como resultado que, recién llenado el depósito, una neutra y nada cálida voz nos confirmara, en el lenguaje de Pavese, la mancanza di benzina. Frase repetida hasta el infinito, o hasta el instante en que José Luis, harto, acababa con el autómata de un certero puñetazo.

Viajar por Portugal a mediados de los 80 era como regresar a la España de los 60 por el túnel del tiempo. Las carreteras eran estrechas y peligrosas, la señalización escasa y poco visible. Los conductores portugueses, sabedores del problema, habían optado por tomarse las cosas con calma. Lo que quiere decir que seguían conduciendo a velocidades endiabladas, adelantando como si lo hicieran en una autopista. Acabar una jornada sin haberse llevado por delante una mula y su dueña, o uno de los cientos de ciclomotores que circulaban como moscardones, pertenecía al dominio de los milagros no confirmados por el Vaticano.

Entramos por la frontera de agua del Guadiana en transbordador. Tanto Ayamonte como Vila Real de Santo Antonio eran el fiel reflejo de la población fronteriza, un mundo de supervivencia en torno al comercio de telas y paraguas de Hong Kong.

En aquellos años, el Algarve era una zona de expansión turística. Lo que quiere decir que, urbanísticamente, toda la costa se había convertido en un caos de notables proporciones. Pequeños y tranquilos pueblos pesqueros mostraban las dentelladas de la especulación inmobiliaria en piedra viva.

Como ya no era temporada alta, tanto pueblos y ciudades, como Portimao o Faro, vivían en ese extraño letargo que define a las zonas turísticas en ausencia de sus pobladores masivos, los veraneantes. Son momentos de gran saudade. Hasta la luz parece posarse sobre esas ausencias con distinta intensidad. Todo es efímero. Torres de apartamentos y neones apagados en paseos marítimos a medio construir ocultaban la fealdad de un estúpido sentido del confort urbano fuera de lugar.

Llegamos a nuestro destino final, Sagres, dos días después de buscar sin encontrar. Sagres parecía un lugar irreductible frente al resto de la costa. Sus playas, batidas por el viento del Atlántico, resultaban magníficamente inhóspitas. El núcleo central del pueblo era una larga carretera, que a su vez comunicaba a éste con la carretera del cabo y el imponente faro. Allí, entre aquellos vestigios de otra cultura, cualquier historia de desaparición podía tener lugar. Estábamos en el Fin del Mundo. Perdidos como el personaje del guión, nuestra mirada encontró muy pronto sus encuadres, y las formas de un relato que nos regalaba el paisaje, sin pedir nada a cambio. De regreso a España, sólo escuchamos una canción en la radio del MG: Riders in the Storm, interpretada por los Doors.

 

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