Aunque profeso una suerte de inmovilismo absoluto en la consideración sentimental del ser humano (la idea de que nuestro espíritu, en su esencia, no puede cambiar mucho ), imagino que hay nostalgias, dentro de la nostalgia inamovible, que son de naturaleza moderna. Por más que las elucubraciones acerca de la conciencia sean de carácter indemostrable, supongo que no es disparatado aventuar que hay razones para la melancolía que no conocieron los antiguos, nuestros estrictos contemporáneos en las cosas del alma, de quienes nos separan esas cosas del tiempo.

Fernando Pessoa, que fue un artista de la melancolía propia y de la ajena, ya sintió esas nostalgias flamantes, esas formas saudosas de estar en el mundo, que son nuevas, aunque no lo sean, porque no sólo nada hay tan viejo como la nostalgia, sino que el viejo tropiezo biológico en que consiste el ser humano resulta indisociable de la nostalgia. Tal como yo la entiendo en mis cavilaciones carentes de razón, es una linfa de sereno pesar, de alegre desasimiento, de feliz tristeza sin porqué ni a dónde, y que surca nuestras venas. Nada tiene que ver con la taciturnia, con la doliente pesadez de los pelmazos, con la supuración empalagosa de la hipocondría. Yo hablo de una nostalgia que produciría nostalgia el no tenerla, que resultaría pecado el no sufrirla. Una nostalgia que no se desconcierta de sentirse ni de decir su nombre, y que se enorgullecería de ser así de nostálgica, si no fuese porque el orgullo es un sentimiento demasiado vigoroso, demasiado enérgico, y casa mal con la plácida nostalgia. Mi nostalgia es de índole abdicada, de naturaleza dimitida, de temple desertor; pero de quien deserta por convencimiento de que esa es la mejor de las acciones, de quien dimite para pararse a contemplar el mundo, de quien abdica de los tronos que no existen, por vocación de monarca inútil sobre asuntos sin importancia. Esa nostalgia es de una arcilla satisfecha de nada, de un barro hechizado por cada una de las minucias.

¿Nostalgia de qué? Nostalgia de todo. De aquel minúsculo claustro amniótico (por qué no), allí en el calor amable del vientre orgulloso donde nos mecíamos, protegidos del mundo, a salvo de la vida cuando ya éramos la misma vida, olvidados de los hombres cuando ya contábamos en el bando de los hombres, desentendidos de la Historia cuando la Historia ya había echado a rodar. Nostalgia por la infancia con el caballo de madera que todos hemos montado en la infancia, y que en el caso de no haberlo hecho nos genera más nostalgia aún, porque si la pérdida es un motor nostalgioso, más lo es todavía la suma de lo que nunca se tuvo. Nostalgia de la adolescencia, la estación salvaje de la vida que no puede pararse a sentir nostalgia alguna, esa aflicción de las conciencias aventajadas. Nostalgia del porvenir, nostalgia incluso por la contemplación amorosa de la vida desde la otra orilla. Nostalgia de la nostalgia, como un éxtasis malsano de perfume imposible.

La nostalgia fresca que degustaba más arriba se genera en el principio de razón laberíntica, porque la sensación de extravío, la certeza del frenesí equivocado, constituyen al hombre moderno. No se trata de que los antiguos no se sintiesen alguna vez perdidos en el mundo, sino de que nosotros no podemos concebir el mundo sin sentirnos perdidos. Lejos de casa, aunque estemos en casa. Fuera de nosotros, por más que estemos en nosotros mismos. Arrojados del centro de no sabemos dónde, por más que nos hayamos soñado en el ombligo de la tierra. Casi todo es una metáfora nostálgica de no comprendemos qué, de no entendemos cómo, de no concebimos cuándo; esas estrellas que colman el firmamento; ese firmamento surcado por miles de aviones; esos aviones repletos de pasajeros desconocidos; esos pasajeros ignotos que transportan maletas por túneles metálicos; esas maletas atestadas de objetos incontables. La nostalgia, que no cabe en ningún lugar, cabe en una maleta que no reclama nadie.

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