Indicaciones cartográficas (Preámbulo).

-No hay que sacar conclusiones morales -dijo Stevens- . La gente se limita a hacer las cosas lo mejor que puede.

-Los pobres desgraciados hijos de perra.

-Los pobres desgraciados hijos de perra -dijo Stevens-. No te pares. Acelera un poco.

W. F., La mansión.

Indicaciones cartográficas (Preámbulo).

Cualquier libro supone una invitación al viaje, y cualquier viaje, incluida la vaga peregrinación que llamamos la vida, puede leerse como las páginas de un libro. Los libros y los viajes, la vida y las palabras están hechos de una misma extraña sustancia, aunque las apariencias puedan hacernos pensar que no sucede así. Se trata de una sustancia narcótica, adictiva, pero inaprehensible.

El viaje de la vida de los hombres necesita nombrarse, necesita ser contado, para adquirir su salvaje y enloquecida grandeza. Un mundo sin fabulación sobre el mundo tal vez podría existir, pero a quién iba a importarle. Contar y vivir no son actividades divergentes, sino complementarias. Solemos reiterar que hay que vivir para contarlo: ello supone, por un lado, que debemos preservarnos para poder narrar la experiencia itinerante de la vida; y, por otro, que el hecho de contar preserva y acrecienta la vida en la memoria.

La cartografía es el arte de estar extraviado con absoluta precisión y con todo género de datos. Si observamos sin ánimo de engañarnos la vida de los hombres, vemos que consiste en buena medida en la elevación de sus supersticiones a la dignidad de ciencia. Hemos dado en pensar que el hecho de saber en todo momento cómo se llama el lugar donde nos encontramos supone saber dónde nos encontramos. Los mapas, las cartas de navegación, las coordenadas y los planisferios nos consuelan de nuestro extravío original.

Por más vocación de cartógrafo que he tratado de desarrollar, nunca he sabido muy bien dónde me encontraba ni por qué. Tengo entendido que no se trata de un sentimiento incompartible. Este particular inconveniente proporciona una ventaja general a cualquier vida, y es el hecho de que cualquier vida supone una aventura en sentido estricto, erremos por donde erremos. El tedio físico no existe, para quien pierde a cada instante la senda de regreso al país de siempre estar perdido.

En vista de que nuestra condición vagabunda en cuerpo y alma hace inútiles las indicaciones cartográficas, el mejor consejo que se puede dar es el de romper todos los mapas, con el fin de no aumentar el caos de nuestras vidas. La vida se deja leer como un libro abierto, es decir, como algo que crea sus propias reglas y sus propios itinerarios, aunque no siempre entendamos por qué los seguimos o por qué los olvidamos. Y un libro que necesitase un mapa para ser leído supondría una extravagancia innecesaria. Para perderse, lo mejor es hacerlo a nuestro modo, por el puro placer de perdernos.

Estas páginas querrían suponer un minucioso testimonio de desorientación en la selva de los días, una silva en prosa para intentar viajar al mundo de la conciencia, y para dar fe de cómo la conciencia viaja al mundo. Un libro nómada -como son todos los libros-, para sedentarios. Un ejercicio de sedentarismo -esa otra manera de viajar-, para los espíritus nómadas, como son todos los espíritus. Levons l’ancre. Buen viaje y extravío.

Carlos Marzal. Los pobres desgraciados hijos de perra (Diario 1981-1995).

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