Seamos fríos y lúcidos: esto, después de todo, es un poema que leerán no pocas personas de a) enriquecimiento interior, b) placer estético.

En cuanto a b), distinguidos roectores de biblioteca, harto me temo que os pasará como a mi tía cuando la pobre inocente escucha a Stockhausen con venerables orejas rellenas de Schubert y Puccini, con lo cual KATASTROF.

Por lo que toca a a) -tres “a” seguidas es feo, eso no se hace, dice un señor de b)-, nadie se enriquece leyendo si a la vez no es capaz de chupar un durazno aprovechando que tiene una mano libre para llevárselo a la boca, si no hace el amor entre dos páginas, si no se asoma a la ventana para saber que cincuenta niños murieron quemados en el último mes en la zona de Saigón, y que en Biafra los nigerianos ayudados por el muy noble Reino Unido degollaron a todos los heridos de un hospital: ¿habrá que repetir profesor Papalino Zeta que la literatura no es terreno privilegiado en el sentido escapista que tanto conviene y adorna? Biafra y el erotismo, los chorros de napalm y los Juegos venecianos de Lutoslavski:

la poesía sigue siendo la mejor posibilidad humana de operar un encuentro que nadie describió mejor que Lautréamont y que puede hacer del hombre el laboratorio central de donde alguna vez saldrá lo definitivamente humano, a menos que antes no nos hayamos ido todos al quinto carajo.

 

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