bud-powell

Los arrestos y las palizas acabaron orillándole a los difusos dominios de esa locura en la que estamos asomados todos. Luego sus adicciones y excesos hicieron el resto para quedarse en la memoria permanente del jazz como otro de esos tantos juguetes rotos que ha dado el género. Se llamaba Bud Powell y en la luminosidad de su vida todos reconocen a uno de los músicos capitales del jazz, protagonista principal en la gestación y crecimiento del ‘bebop’, ese latido que se inventó entre sueños y pesadillas otro genio desgarrado por sus propias circunstancias, Charlie Parker. Ahora que los jazzistas se forman en inmaculadas escuelas y hacen carrera con la calculadora, este pianista con leyenda propia, del cual se cumple este año el 90º aniversario de su nacimiento, se hizo a sí mismo caminando sobre esas dos caras que tiene la vida.

A Powell todos sus compañeros le consideraron una auténtica divinidad del piano, equiparando su talento y autoridad incluso con otros maestros amigos como Thelonious Monk, con el que compartió música, escenario y vida tortuosa. La comunidad de aficionados también le fue fiel, aunque asunto bien distinto fue la relación que mantuvo con representantes, programadores, promotores y directivos discográficos, quienes, ya se sabe, no entienden ni admiten lo distinto. Muchos de ellos obligaban al pianista a rigurosas reclusiones en pisos para evitar cualquier mínima posibilidad de desaparición del artista. Sin embargo, la esencia de la música de Powell radicaba precisamente en su personalidad convulsa, que tan pronto se revelaba con gestos de persona introvertida y callada como de persona con inusitados ataques violentos.

Más allá de los avatares que al final acabara padeciendo Earl Rudolph Powell (Nueva York, 1924-1966), hoy queda claro que su nombre estaba llamado a ocupar buena parte de la gloria jazzística del tiempo que le tocó vivir. Powell nació en uno de esos barrios que marcan, Harlem, en el seno de una familia con una gran pasión musical; su abuelo Zachary era uno de los mejores guitarristas flamencos de Estados Unidos; su padre era un notable intérprete del piano stride; y su hermano mayor Richie un violinista y trompetista profesional. Fue su padre, precisamente, quien dicen le guió sus primeros recorridos por el teclado, trascendiendo el temprano talento del joven pupilo, quien era capaz de tocar temas de Fats Waller o Art Tatum con tan sólo escucharlos una vez.

Pasó su adolescencia entre canciones de Nat ‘King’ Cole y clásicos como Debussy, Chopin, Beethoven, Liszt o, especialmente, Mozart y Bach; inspirado en preludios y fugas de este último. Pero la tentación del jazz con el paso del tiempo se hacía, más que irresistible, una realidad, abandonando sus estudios para iniciarse en el mundillo profesional de la mano de la trompetista y cantante Valaida Snow. Pronto llegarían las sesiones desde la medianoche hasta el alba, tocando en clubes junto a los reyes del momento, los padres del ‘bebop’: Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Fats Navarro y, sobre todo, como ya se ha dicho, Thelonious Monk, probablemente el artista que ejerciera más influencia sobre él, y del que recibiría misma admiración a través de composiciones como In a walked Bud o 52nd Street Theme.

Sería, éste, el autor de ‘Round Midnight’, quien animaría a Bud Powell a entrar en la orquesta del trompetista Cootie Williams, con el que firmaría uno de esos solos para la posteridad en Blue Garden Blues, y con quien permanecería dos años, entre 1942 y 1944. Al año siguiente el pianista sufriría la paliza de un policía que brutalmente le machacó la cabeza, y cuyas consecuencias -dolores, depresiones, crisis nerviosas- acabarían acompañándole el resto de su vida. Se cuenta que el motivo de la disputa fue por salir en defensa de su amigo Monk y su ingreso en el Hospital Bellevue hoy se recuerda como una de las grandes historia del anecdotario del jazz, ya que en el diagnóstico del doctor en cuestión figuraba el siguiente análisis: “pianista y compositor de cerca de 1000 canciones, persona con grandes delirios de grandeza”.

En 1946 Powell regresa, siendo ya calificado como ‘El Charlie Parker del piano’ y siendo el pianista de cabecera de locales emblemáticos como el Mintons Playhouse, donde colabora con otros nobles jazzistas de la escena neoyorquina y de la época, caso de Dexter Gordon, Sonny Stitt, J. J. Johnson, Kenny Clarke o Sarah Vaughan. Entre 1947 y 1950 graba sus primeros discos para sellos como Roost, Verve, Blue Note o Savoy, coincidiendo en este último con Charlie Parker, quien raíz de la personalidad caótica y errática del pianista, acabaría rechazando a Powell “porque ¡¡¡está más loco que yo!!!”, según relataría después Miles Davis en su biografía.

En 1951 tendría otro grave altercado con la policía, que le detiene por posesión de drogas y le ingresa en un centro hospitalario donde le tratan con sesiones de electroshocks, que minan la poca autoestima que la pérdida progresiva de memoria le permite. Inicia entonces una reclusión hospitalaria que duraría dos años, y en la que apenas le dejaban tocar el piano. En 1953 le dan el alta y monta inmediatamente un nuevo grupo, formado por el contrabajista George Duvivier y el baterista Art Taylor, siendo un habitual de otro de los más famosos locales del circuito jazzístico neoyorquino, el Birdland.

A pesar de sus mermadas facultades físicas, Bud Powell era considerado uno de los mayores pianistas del género, dando fe de ello en el histórico concierto que realizara ese año el Massey Hall de Toronto, junto a, nada más y nada menos, que Dizzy Gillespie, Charlie Parker, Charles Mingus y Max Roach. Ahí es nada: media paternidad del jazz reunida sobre un escenario. La actuación quedó registrada por la división ‘Original Jazz Classics’ de la multinacional Universal y es, sin duda, uno de los discos que toda buena discoteca de jazz debería tener.

No obstante, y como la vida es persistente como los cauces de un río, poco tiempo después el pianista sufre otro mazazo personal: la muerte de su hermano mayor en el mismo accidente de tráfico que el de Clifford Brown. El suceso -cualquier similitud con Bill Evans es real- le sumiría en otra profunda depresión, de la que huye enrolándose en la gira europea que realizaría junto a los Birdland All Star, donde también militaban Lester Young o Miles Davis. Años más tarde fijaría su residencia en París, montando el trío Three Bosses junto al contrabajista francés Pierre Michelot y otro norteamericano exiliado, el mencionado baterista Kenny Clarke.

En la capital francesa disfrutaría de cierta gloria como gran estrella del jazz, aunque sus problemas con las drogas y el alcohol fueran poco a poco agudizándose. A estos excesos se le sumó una tuberculosis en los dos pulmones, que empeoraría con la ingesta suicida de todo tipo de tranquilizantes. Mediada la década de los años 60 Powell decide regresar a su querido Nueva York.

En 1966, incapaz de dejar la bebida y las pastillas, aquejado de tuberculosis, el pianista fallecía en 1966; cerca de 5.000 personas acuden a su entierro por las calles de Harlem y compañeros de armas como Barry Harris y Lee Morgan tocan en su funeral.

“Si tuviera que escoger un solo músico sería Bud Powell, por su integridad artística, la dimensión de su obra y su incomparable creatividad”, afirmó en su día otra personalidad rota y gigante del jazz como Bill Evans, quien costeó de su bolsillo un homenaje al neoyorquino en 1979.

Hace dos años el historiador Peter Pullman entregó una jugosa biografía en la que se da cuenta de la azarosa y tortuosa vida del pianista. La historia del jazz está plagada de relatos biográficos similares al de Powell, casi todos ellos enclavados en un tiempo, el de mediados del siglo pasado, en el que todo eran preguntas y existía un apetito voraz por la experimentación y el hallazgo que, en la mayoría de los casos, se articuló sobre planteamientos e ideas erradas. Parker lo afirmó en su momento: las drogas no le hacían tocar mejor, pero sí le cambiaban la percepción a la hora de escucharlas y digerirlas. Es por eso que todos estos artistas pudieran regalarnos los sueños en los que vivían, las emociones encontradas que culminaban en una melodía imposible, en un fraseo de temporalidad eterna.

http://www.elmundo.es/cultura/2014/09/30/54298c8222601dcc108b45af.html

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s