Yo soy un salvaje contemplativo.

Dibujo

Este hombre pertenece irremediablemente a un mundo que no existe. Y si existe es porque él lo ha habitado. Carlos Oroza es un universal del malditismo. Algo así como el druida de una civilización donde es rey de sí mismo. Un gallego de Viveiro (Lugo), parido en casa en 1923. Un poeta huidizo y deslumbrante con perfil de bereber, ‘esquelatura’ de astilla y ese fulgor metálico en el mirar de quien ha probado el hambre y la sed, de quien ha visto demasiada noche («aunque la noche es una mentira literaria», ataja), de quien se ha abrigado con todo el frío y a quien nunca le falta el adjetivo preciso para cada idiota que le sale al paso.

Oroza es una leyenda casi desesperada. Gimferrer lo dice mejor: «Es un caso único: a la vez la presencia más precisa e imprecisa de la poesía española». En aquel Madrid de los 50/60, cuando las pensiones olían a gas de almendra, este hombre de verbo macizo deambuló por el triángulo de los mejores cafés (Lyon, Gijón y Comercial) con libros de Marcuse en el bolsillo del gabán y sostenido por una dieta de coñac ‘perronero’ y nescafés que no tenía costumbre de pagar. Gastaba un aspecto de peregrino de esos que se lavan ellos mismos la camisa. Anduvo por la ciudad como un holograma. Embestía contra los poetas de la Juventud Creadora. Era un ‘beat’ inconcluso en el país menos capacitado para fraguar lo ‘beat’. Quería, como Ginsberg, hacer de la oralidad ‘performativa’ del poema una nueva astronomía.

Oroza está habilitado como pocos para el verso deslumbrante y ambulante, para la respiración larga de la poesía. Es un enlace casi secreto de la estirpe de Rimbaud y los surrealistas. Pero nadie había leído un verso suyo porque escribir era cosa de oficinistas y él es partidario de la salvaje felicidad de recitar echando la memoria por delante, como diciéndolo todo de primera mano. De ahí que la poesía de Oroza sea de un domino exclusivo, radical sin buscarlo, «con el doble orgullo de lo absoluto y de su ocultación» (Gimferrer, de nuevo).

Después de aquellos años de bohemia, chancros, bronquitis y otros males de menor cuantía. Después de madrugadas en portales y pensiones, con la pantorrilla alada para el momento de salir corriendo si la casera reclamaba el mes con intereses. Después de forjarse una biografía de humo en Madrid, con versos herméticos y ambiguos de una iluminación refinada, como llegados del cruce de una pulsión oracular y una sabiduría de ventorro, Carlos Oroza desapareció.

Los más enterados lo fijaban en Vigo. En su tierra, pero sin techo fijo. «Nadie conoce la dirección de Oroza porque eso sería como saber el paradero del viento o de la brisa», comentó en una ocasión el poeta César Antonio Molina. Y acertó. Pues Oroza es un poeta clandestino. En Galicia, tantos años después, se ha convertido en una estrella del rock del extravío. En un exvoto. Y allá se ha recuperado su poesía deslumbrante. El artista Carlos Vilas Bugallo preparó la edición de bibliófilos de ‘Preludio a Cabalum. Cabalum y Malú’, que incorpora un excelente documento audiovisual con tres videopoemas de Oroza (sólo a la venta por encargo en vilas.bugallo@gmail.com). Y la editorial Elvira reúne en un sólo volumen lo que es hasta ahora la publicación más completa de los poemas de Oroza, con el título de ‘Évame’.

«Ahí está lo principal de mi escritura», explica el autor. «Dicen que soy un poeta insólito, pero yo no quiero creer en esas cosas. Creerlo es una rendición». Del otro lado del teléfono, el viejo Oroza mantiene la voz alta. «Lo único que queda ya, cuando todo ha estallado, es la poesía».

– ¿A usted de qué le ha salvado?

– De ciertas decepciones cuando la vida no responde al deseo que tenemos de la vida.

– ¿Se siente bien en el molde de maldito?

– Bueno, eso pertenece más a otro tiempo. El último poeta maldito fue Federico García Lorca. Yo tan sólo soy un solitario que rechaza el tumulto.

– Rechazo es un concepto que le define bien.

– Mi vida ha sido un rechazo tras otro. Y una revisión constante de las cosas, empezando por la cultura, tan amenazada de dogmas. La cultura no es algo inmutable, como algunos pretenden. Igual que no lo es el lenguaje. Hay que transformarlo constantemente. Huir de las obviedades. Ese ha sido mi empeño. Ése y darle a la poesía su sonoridad. Porque la poesía es más voz que signo. Es, sobre todo, ritmo. No rima, sino ritmo.

– ¿Como poeta se siente bien entendido?

– Sobre todo por los jóvenes, que son más libres de pensamiento.

– ¿Sigue memorizando sus textos?

– Claro. Es que yo creo que la poesía está hecha para la oralidad.

En una de sus muchas desapariciones, Carlos Oroza echó el ancla en Ibiza a finales de los años 60 para participar en una película de Manuel Summers: ‘¿Por qué te engaña tu marido?’, adaptación de una novela de Wenceslao Fernández Flórez. Cuando acabó el rodaje decidió quedarse. Allí escribió uno de los poemas icónicos de su obra, ‘Malú’, un viaje psíquico por Formentera que cantó tiempo después Nico, la musa de la Velvet Underground, de Warhol, de Morrison. «Desde hace miles de años le fueron dados al hombre la tristeza y el asombro, y de un llanto hacia otro llanto un mar para el traslado a Formentera».

oroza

Uno de sus recitales míticos fue en Barcelona, junto a Leopoldo María Panero y Carlos Edmundo de Ory. Oroza ha organizado algunas sesiones de mucha zumba. En el año 75, en Pontevedra, leyó en el Teatro Malvar su poema ‘Desfile de la Victoria’, un alegato antifranquista: «En este lugar se celebra el crimen cada año…». Los militares le quisieron fusilar y él salió escoltado con un grupo de falsos policías. Eso también es Oroza. «Es que ser poeta es un fracaso», exclama.

Ama a Blake, a Rimbaud, a Lorca y a Whitman sobre todas las cosas. «Este último era un tranviario fabuloso. Un poeta esencial capaz de decir cosas así: ‘¿Que yo me contradigo? Pues sí, me contradigo. Y ¿qué? Yo soy inmenso, contengo multitudes». Pero también cultiva desafectos inquebrantables. El principal, a las fronteras. «Dejad que el trigo crezca en las fronteras», escribe. «Creo en lo universal, nunca en la identidad fronteriza que nos han impuesto. Toda frontera es una construcción ilegal porque secciona el mundo. Creo en la tierra ancha, por eso estoy incapacitado para asumir ningún nacionalismo. Pues el nacionalismo es lo artificial. Nos hemos inventado banderas y las hemos clavado en todas las partes. Es un horror».

– ¿Qué es ‘Évame’?

– Un viaje hacia el recuerdo. Hacia lo contemplado. Un canto a la mujer. Y la voz de un hombre que viaja por la vida en dirección contraria.

– ¿Cómo ve el presente?

– Lo que observo no me gusta. Yo soy un salvaje contemplativo y lo que ahora tenemos delante no me interesa en absoluto. No estoy preparado para este sistema injusto.

De Carlos Oroza se dicen muchas cosas. Y quizá alguna sea cierta. Entre tanto, él sólo mantiene militancia en la poesía. Para qué más a los 90 años: «La poesía es un canto al mundo libre, a ese mundo que vive clandestino de nosotros, ¿verdad?», pregunta. Verdad, le decimos.

http://www.elmundo.es/cultura/2014/03/04/53163c9f268e3eef1a8b457e.html

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