Pero los ojos, mis ojos, los ojos que me miro y que me miran, en el espejo, los ojos por los que he visto el mundo, por los que el mundo se ha asomado a mí. El exterior me conforma a través de los ojos, estoy lleno de lo que he visto, de lo que he mirado.

Ojos castaños, un poco achinados, antaño, ojos cansados, hoy, reducidos detrás de las gafas, ojo izquierdo con menos luz, que matiza y precisa mejor lo pequeño, el hormiguero de las letras, en un libro, ojo derecho, más activo, agresivo, más cansado y congestionado, por el que ha ido pasando, doliente, toda la cultura del mundo, y se ha quedado en él, embotada, escociéndome, como otras veces he dicho. Hilvano el mundo con los ojos.

Ojos que imaginan cuando leen, que ven lo que crean con su lectura, que ven incluso lo no visible y le dan precisión plástica a los conceptos, a los pensamientos leídos. Los ojos pastan en el libro y a veces al cerrar el libro, los ojos se quedan dentro del libro como hojas frescas, y entonces, ando ciego por la vida, sin ojos, sin ver el mundo, porque los ojos siguen mirando lo que han leído… Luego cuando soy dueño de mis ojos, miro con ellos el mundo  y los paisajes vienen a mis ojos en remolino. Cuando uno es consciente de sus ojos, es como el mar mirando el mundo. Los ojos son lo más acuático que nos queda de haber nacido del agua, y cuando un hombre mira tierra firme, la montaña, es siempre una criatura de mar, es el mar-criatura quien contempla la sequedad mortal del planeta.

El tacto es ciego, el olfato es galopante. La boca es frenética. El oído es torpe. Sólo el ojo alcanza la totalidad. Reconstruir una mujer a partir de su voz, de su contacto, de su sabor, de su olor. Eso es la imaginación. La imaginación es el vuelo de un sentido a través de todos los otros. La imaginación es la sinestesia: el olfato que quiere ser tacto, el tacto que quiere ser mirada… Pero…no basta con mirar. Hay que sobregirar, sobrever. Hay que interiorizar lo que está afuera y verlo hacia dentro.

Mirar a otros ojos da miedo. Los ojos queman a los ojos. El mal de ojo, decían los antiguos… Sin embargo, también los ojos se refrescan mirando al mundo y se queman mirando a otros ojos. Nada nos abrasa más como una mirada. La mirada del oído, la mirada del amor, la mirada de la pregunta. Sé que mis ojos pueden incendiar el mundo. Sé que otros ojos pueden incendiarme. Sólo otros ojos. Unos ojos de mujer.

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