El que habla a lo pueblo se retira sin por ello hacerse ninguno; al contrario, se llena de autoridad, pues aquello que dice no es importante porque lo diga él, sino porque es así y está dicho así, desde antes. Es un hablar en función del tiempo, bajo el cual reposa una antigua concepción de la verdad hoy olvidada y que sería oportuno resucitar: hay verdades que se descubren con el tiempo. Y nadie ha de ponerlas al descubierto hasta que el tiempo no pase; razón de ciertos silencios, de ciertas palabras veladas, veladas como la verdad misma. Es el lenguaje más cargado de autoridad.

En el lenguaje esquemático de la masa, lo primero que desaparece es el tiempo, junto con la persona a quien se habla. Pasado, presente y porvenir se estratifican, se hacen “cosa”. Es un lenguaje de “sí” y “no” absolutos: no hay salida, ni por tanto lugar para el diálogo.

¿Y de dónde proviene este modo de hablar? Es por todo su rígido esquematismo una simplificación de otro lenguaje, siguiendo una ley general, según la cual todo lo extremadamente esquemático y rígido es producto de una simplificación. De la simplificación de algo en lo que reside, ya un principio de dogmatismo, ya una cierta rigidez. Pues que en el caso del que nos ocupamos, la simplificación del lenguaje popular tradicional no produciría este lenguaje típico de la masa -que más o menos usamos todos hoy-. Daría más bien una especie de balbuceo, de lenguaje deshilvanado; daría incoherencia como, en efecto, encontramos entre aquellas gente del pueblo de escasas luces de entendimiento, caídas en una situación deprimente o de extrema ignorancia. La coherencia, la profunda unidad en la complejidad del lenguaje popular se convierte, en quienes no pueden usarlo, en incoherencia, en balbuceo deshilvanado, mas no en el lenguaje típico de la masa.

Es este lenguaje simplificación de algún otro lenguaje distinto del popular. Y si nos hemos extendido tanto en este análisis es porque él nos conduce a algo importante, como ahora veremos.

Con su agobiante abuso del “yo opino”, del “yo digo que esto es así”, con su abstracción excesiva del tiempo, con el uso compensatorio de los adjetivos, el lenguaje de la masa es esquematización del lenguaje racionalista del hombre culto moderno. Entonces, ¿no sería la masa más que el producto degradado – como el alcohol de menor gradación- del pueblo, el producto igualmente caricaturesco de la clase culta, de la minoría caída de su poder, privada de su virtud esencial: el afán de perfección? Y en este sentido, producto de la demagogia, la demagogia misma cristalizada.

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