El ansia de ponerse en movimiento –para viajar, para avanzar hacia el horizonte, para olvidarse de uno mismo y acercarnos a silencios y espacios interiores- debe de ser tan antigua como nuestro conocimiento de la humanidad. Nuestras paradas serán lugares de la imaginación, pero también estaciones de reliquias: un valle incomparable, un pozo de agua resplandeciente, pastizales, un mercado todo él griterío y rumor de ropas, un pueblo de hombres prudentes y mujeres imprudentes y platillos llenos de golosinas, una estación que acaba de empezar, estrellas que se cruzan y chocan, la distancia donde el viento nace.
Nuestra mirada descifra instintivamente la tierra como si fuese un libro de adivinanzas y de peligros. Nada nos pertenece y sin embargo somos los propietarios de una franja de estrellas, ahora de este viento, de aquella senda, de estas sombras que serpentean por la tierra. Se viaja siempre hacia lo desconocido y sin embargo hay rutas trazadas a la manera en que los pensamientos y los sueños se convierten en palabras y las palabras en huellas y las huellas en arena. Ante nuestra vista nublada la arena parece un rastro, un rastro nuestro, de nuestros antepasados, de nuestros compañeros. Las aves nos recordarán nuestro pasado en el cielo: su vuelo es una flecha en la tierra. Así es como leemos los párrafos de nuestra vida. El sol es nuestro cobijo; la noche, nuestro hogar.
Desde el principio sentimos el apremio de ir más lejos y llevar con nosotros lo que podemos ofrecer –sal, especias, historias, mosquetes, quizás esclavos- de conseguir lo necesario para continuar. Viajamos tan profundamente de una lengua a otra (es decir, de cauce a cauce), que dejamos de ser extranjeros en nuestro lugar de destino.
Un día volveremos al sitio del que partimos, con otra mirada y la resonancia de lugares lejanos en la imaginación. Llevamos un mundo opaco con nosotros, pero ese mundo acabará volviéndose claro y transparente como alas de mosca, libre de la intersección del tiempo y del espacio. Parecemos la misma persona, y sin embargo seremos forasteros porque ahora nos recubre la invisible piel de horas infinitas pasadas en la carretera, de aventuras singulares y gritos desconocidos, porque hemos asistido a las charlas nocturnas de nómadas con los que compartíamos el agua y los ocasos, y a los que ahora conocemos más íntimamente que a nuestra propia familia. Traeremos con nosotros sal, especias, historias, dioses, risas de hombres imprudentes y susurros de mujeres prudentes, a lo mejor ropas y oro y sabiduría. Nos miramos con perplejidad los pies. ¿Son realmente nuestros? Pronto empezará otro año y las aves emigrarán en un aleteo de párrafos frescos. El viento hablará bajo. Del otro lado de la línea del horizonte llegará un olor nuevo. Será el momento de marcharse.
Hay límites que se expresan con ritmos, en el final de la línea, pero no hay fronteras. Las fronteras siempre son distintas de lo que parecen en los mapas de gobernantes y conquistadores Pues los espacios en los que uno se interna son más profundos e inmensamente más antiguos. Tampoco son estáticos. Rara vez los desfigura el poder. El poema es nuestro guía. Habrá tribus de poemas para enseñarnos el camino. Algunos vendrán a hablarnos mientras dormimos, susurrando como las brisas de la oscuridad; otros nos quemarán los ojos y nos desgarrarán las entrañas.
Los preparativos son importantes. Conviene recostarse de lado delante de la puerta. Cuando nos despertemos, habrá un revoloteo de alas, tal vez un murmullo de voces humanas y una larga melodía de abalorios y conchas que alguien cuenta. Habremos soñado con agua y con humo. Abrimos el libro y vemos las señales: perros, velas, tejados, árboles, la deslumbrante oración de un colorido traje a mediodía, moscas, el estremecimiento del agua en el río, leche, movimiento, la lengua del anfitrión como un dedo que sigue palabras. Y nos agacharemos para escucharlo mejor.
Y nos llevaremos las palabras con nosotros como granos de arena en los zapatos (después de haberle hecho una inclinación de cabeza a la morada de una noche), para mezclarlas con un desierto de pisadas, siempre nuevas, siempre las mismas.
Escuchen: tienen que seguir viajando porque la tierra necesita ser descubierta y recordada una y otra vez, de un modo cíclico y creativo, con sus estaciones y sus sonidos, con la cálida respiración de la hospitalidad, con el toque curativo de lo ajeno…salvo que se haga densa e impenetrable, un árido lugar de poder y política. La tierra necesita que le recordemos la eternidad de nuestra vida. Uno, como nómada, pasará tiempo recordándola, pese a que no tiene principio ni fin. Y entonces ella se extraviará para que la encontremos de nuevo en el poema desconocido que nos acoge. Y así nos veremos situándola otra vez como proceso y como viaje.

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