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El gato blanco y negro que Wilma sostiene en brazos en el cuadro de Carel Willink (hoy en el museo holandés de Arnhem), devela en su mirada una malévola premonición. Si Willink me hubiera propuesto posar con él en brazos, hubiera renunciado a la inmortalidad de sus pinceles, antes de acercarme a ese jorguín peludo, a ese brujo amenazante, disfrazado de animal de compañía.

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