Rubén Medina, desde una perspectiva más analítica deduce dos modus operandi igual de infrarrealistas en Bolaño y Mario Santiago, el del escritor detective y el del escritor suicida: “El primero es un francotirador, experto en el hit and run, y la des-ubicación, en la elaboración de archivos e ir apuntando todo lo que ve y escucha: vive para escribir y termina haciendo una obra literaria. Por otra parte, al escritor suicida le interesa mucho más la experiencia de los sentidos, rolar con los amigos, subvertir la vida cotidiana y la confrontación pública (poner a los escritores profesionales y elitistas en su lugar). Para el suicida, la lucidez momentánea es su manuscrito inédito (…) el poema brota en las conversaciones, caminatas, borracheras, en las llamadas telefónicas como una alteración de las normas lingüísticas, sociales, estéticas, verbales. No escribe para hacer una obra poética, esa no es la brújula diaria que anima la existencia. Escribe porque no puede impedirlo”.

A fin de cuentas, los dos próceres del Infrarrealismo tenían la escritura tatuada en la sien. Ambos vivieron intensamente y codificaron esas sensaciones en poemas, cuentos y novelas. Murieron jóvenes. Murieron sabiéndose deteriorados, como consumidos por sus letras pero aún así escribiéndolas.

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