Cosidos a no sabemos qué, con algo más delgado y más fuerte que una aguja y un hilo, costura olvidada y perdida, justamente cuando hemos entrevisto una meditación más allá del pensar, una meditación de la letra, donde cada signo es una pregunta y cada palabra un abismo doblado, mientras el humo del lenguaje nos empaña los ojos y el humo de la vida nos empuja hacia nuestra propia sombra.

En esta situación es difícil abrir bien las ventanas o sacudirnos de encima el pelaje tinto de la noche o acurrucar la espera en las pericias arrogantes con que algunas criaturas tejen sus redes.

En esta situación es preciso por lo menos cambiar de lugar las imágenes y hasta las cosas mismas, para hacerle lugar a la campana sonámbula que anuncia la última prevaricación de la vida: la sordera transfigurada que percibe sólo el canto que no está atado a ninguna palabra.

En esta situación sólo queda tratar de romper la costura perdida y marchar hacia otra parte, aunque no exista.

No sólo el mediodía deteriora y calcina la mirada. Hay también ojos quemados por los atardeceres, agotados por los empalmes de la luz y la sombra, heridos para siempre por la frecuentación de ese hilo ingobernable.

Ojos curtidos por el desbande de las formas, preparados para sufrir su ausencia y sin embargo no enceguecer.

Ojos quizá para ser lo único abierto, como secreta y atribulada consigna, cuando todo se cierre.

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