Sin ninguna duda, se trata de los mismos individuos que dejan la radio encendida la mayor parte del día y de la noche, los que van con la mayor frecuencia posible al cine-donde se renuevan las noticias, los asuntos públicos-, los que compran televisores a sus hijos. ¡Todo por el bien de la información! Y sin embargo, ¿aprenden algo que de verdad merezca la pena saberse sobre esos asuntos de tan terrible importancia, esas noticias que sacuden al mundo?

La gente podrá insistir en que devora los periódicos, o pega las orejas a la radio (a veces, ambas actividades a la vez) para estar al corriente de las cosas del mundo, pero se trata de un mero engaño. Lo cierto es que en cuanto esos lamentables individuos dejan de estar activos, en cuanto no están ocupados, toman conciencia de un vacío interior abrumador y mareante. Da lo mismo, francamente, la clase de paparrucha que los alimente, siempre y cuando les sirva para ahorrarles un enfrentamiento con ellos mismos. Meditar de verdad acerca de los asuntos del día, o incluso acerca de los problemas personales, es lo último que desea hacer un individuo normal.

[…]

Lo que le gusta al sistema vegetativo, lo que provoca su respuesta, es la concentración absoluta, tanto si se trata de comer, dormir, evacuar, como de cualquier otra actividad. Cuando alguien no puede comer, o dormir, es porque algo lo inquieta. Dicho de otro modo, porque tiene algo en mente, en el lugar erróneo. Lo mismo se aplica al retrete. Desalojad de vuestras mentes todo lo que no sea el asunto que os ha llevado allí. Sea cual fuera la tarea, emprendedla con la mente despejada y la conciencia limpia. Es un consejo clásico y sensato. Lo moderno es intentar hacer varias cosas a la vez por aquello de aprovechar el tiempo al máximo, como suele decirse. Es algo verdaderamente insensato, antihigiénico e ineficaz. Conservad la calma. <<Ocúpate de las cosas pequeñas, que las grandes se resolverán solas>>.

[…]

Entregarse por completo al vaciado del propio vientre parecería, a simple vista, lo más fácil y natural del mundo. Para cumplir con esa función la naturaleza sólo nos pide completa inactividad. La única colaboración que reclama es nuestra voluntad de soltar.

 

 

 

 

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