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La mano se extiende, pero a mitad de camino la detiene una imagen.
Y se marcha entonces con ella, no para poseerla sino tan sólo para entrar en su juego.
La mano ha comenzado a enamorarse en el camino y así la posesión y el don se le escapan.
La mano ha cambiado su destino por un vuelo que no es el vuelo del pájaro, sino un abandono a las mareas que no tienen costa o a los desequilibrios de una sabiduría diferente.
La mano ha renunciado a su objeto y ha adquirido el valor de su distracción.
La mano ha renunciado a salvarse.

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