Pero él no lo sabe, porque tiene dieciocho años. La edad de las atrocidades a cielo abierto es ésa: ni carne ni pescado, ni chicha ni limoná, sin costumbre de vivir, ilusoriamente huérfano de la muerte, en ayunas de la fuerza opresora y vital de todas las rutinas, hijos que necesitarían aún a tantas madres, aunque luego seguimos siendo hijos para siempre, éste es el problema más grave, aunque no sea el único: las desgracias no se privan nunca de una buena compañía, decía mi madre hablando por experiencia propia y también por experiencia ajena, y luego vienen una serie de gestaciones chapuceras, en esa maldita edad que tendrían que abolir, y esto enseguida te hace insensible a lo esencial, fluctuante como el destino de la hormiga: todo esto no es, en modo alguno, un buen principio, creedme. A veces es sólo un final anticipado. No veas cuántos jovencitos se han quedado enganchados al estupor del descubrimiento. Hay algunos descubrimientos que no te dan una segunda oportunidad. Aunque, como decía mi padre, tienes la vida por delante. Lástima que a los dieciocho años no entiendas esa frase tan sencilla. <<La vida por delante.>> Tienes, con el tiempo, una relación alterada. Drogado con falsas dilataciones aberrantes. Hay una perspectiva de infinito, a los dieciocho, que con tranquilidad se puede considerar uno de los más consistentes crímenes contra la humanidad. Estamos en el nivel de delitos de otra clase, como la depuración de una raza entera; estamos en el ámbito de los tribunales internacionales, vamos, por los cerros de Núremberg. La puñetera verdad es que comprendes lo que significa tener la vida por delante cuando ésta ya se ha situado toda ella por detrás. Tan sencillo como la sed. Y entonces el hombre se multiplica, se convierte en una marea de remordimientos. Pero esto no desplaza las vidas, tan sólo las devalúa un poco más. Las acompaña con un leve, un elegante empujón, propio de una mano de mayordomo, hacia el cementerio repleto de cadáveres expertos.

¿Quién inventó la vida? Un sádico. Colocado con coca puñeteramente mal cortada.

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