Y de repente aquel dolor intolerable en el ojo izquierdo, el lagrimeo y el mundo volviéndose turbio. Y tuerto: pues al cerrar un ojo, el otro automáticamente se entrecierra. Cuatro veces en el transcurso de menos de un año un objeto extraño agredió mi ojo izquierdo: dos veces basuritas no identificadas, una vez un grano de arena, otra una pestaña. Las cuatro veces tuve que acudir a un oftalmólogo de guardia. La última vez le pregunté al que cumple su vocación cuidando por así decirlo de nuestra visión del mundo: ¿por qué siempre el ojo izquierdo? ¿Es simple coincidencia?
Respondió que no. Que por normal que sea la vista, uno de los ojos ve más que el otro y que por eso es más sensible. Lo denominó ojo director. Y éste, por ser más sensible, toma el cuerpo extraño, no lo expulsa.
Quiere decir que el mejor ojo es aquel que al mismo tiempo es el más poderoso y el más frágil, el que atrae problemas que, lejos de ser imaginarios, no podrían ser más reales que el dolor insoportable de una basurita que hiere y araña una de las partes más delicadas del cuerpo. Me quedé pensativa.
¿Será que esto sucede sólo con los ojos? ¿Será que la persona que más ve, por lo tanto la más potente, es la que más siente y sufre? Y la que más se desgarra con dolores tan reales como una basurita en el ojo. Me quedé pensativa.

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