Yo soy la asesina del amor

estoy asesinando a la música que considerábamos tan especial,

que resplandecía entre nosotros, una y otra vez.

Estoy matándome a mí, que me arrodillé ante tus besos.

Estoy empujando cuchillos a través de las manos

que convirtieron dos en uno.

Nuestras manos no sangran con esto,

ellas yacen aún en su deshonra.

Tomo los botes de nuestras camas

y los empantano, dejándolos encallar en el mar

y ahogarse y quedarse en nada.

Estoy rellenando tu boca con tus

promesas y mirando

cómo me las vomitas en la cara.

¿El Campamento que dirigimos?

He gaseado a los campistas.

 

Ahora estoy sola con los muertos,

volando puentes,

arrojándome como una lata de cerveza en la papelera.

Vuelo como una rosa roja,

dejando un chorro

de soledad

y aun así no siento nada,

aunque vuelo y arrojo,

mi interior está vacío

y mi cara en blanco como una pared.

 

¿Llamo al director de la funeraria?

Él podría poner nuestros cuerpos en un ataúd rosa,

esos cuerpos de antes,

y quizás alguien mande flores,

y quizás alguien venga a llorarnos

y estaría en los obituarios,

y la gente sabría que algo murió,

no hay más, no dice más, ni quiere

conducir un coche de nuevo ni nada de eso.

 

Cuando una vida ha terminado,

aquella para la que vivías,

¿adónde vas?

 

Trabajaré por las noches.

Bailaré en la ciudad.

Llevaré el rojo para un incendio.

Observaré cuidadosamente el río Charles,

llevando sus largas piernas de neón.

Y los coches pasarán.

Los coches pasarán.

 

Y no habrá gritos

de la señora del vestido rojo

bailando sobre su propia Ellis Island,

que gira en círculos,

bailando sola,

mientras los coches pasan.

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Esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»… Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»).

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

Me encantaría ser más normal pero al final acabo siendo puramente inaccesible. Hayo paz entre los muertos del día siguiente, es difícil explicar. Ójala y fuera más normal. Ójala y el amanecer no me supiera a humo, ¿por qué cuando eres un muerto ya no te respetan ni los coches en un paso de cebra?. El amanecer, por lo menos, sirve para escribir, es fácil, digamos que duele menos decir la verdad cuando te rodeas de muertos.

Pero me encantaría poder ser más normal, no tener que hablar de Bach, ni de Schubert, ni tener que recordarte, simplemente poder amarte como en los boleros.

 

Time takes a cigarette.

El tiempo me ha delatado con un carácter autodestructor. Podría decirse que me has salvado durante unos años de la vida y todo lo que ello conlleva, aunque me condenaste al aburrimiento más romántico, bendito aburrimiento. Ahora que he abierto los ojos, que puedo decirme que me hiciste daño y que no quiero sufrir más, ahora que veo en hechos que tú jamás me quisiste como parecía, vuelvo a las andadas, vuelvo a fumar, vuelvo a beber y vuelvo a no desear a nadie, vuelvo a querer estar maldiciéndolo todo, vuelvo a perderme. El ascenso y la caída de Ziggy Stardust podría ser la historia de mi vida, al fin y al cabo siempre he fumado para celebrar una derrota,

hay que saber perder.

¿Qué te diré cuando nos encontremos? Sin embargo… acostada aquí pienso en tí.

La mancha del amor está sobre el mundo. Amarilla, amarilla, amarilla, roe dentro de las hojas, unta con azafrán las puntiagudas ramas que se inclinan pesadamente contra el liso cielo rojo.

No hay luz, sólo una espesa mancha de miel que gotea hoja a hoja y de rama a rama empañando los colores del mundo entero.

Estoy sola, y el peso del amor me ha sostenido hasta que mi cabeza choca contra el cielo.

¡Mírame! De mi cabello gotea néctar, que los estorninos se llevan sobre sus negras alas. Mírame, finalmente mis brazos y mis manos están ociosos.

¿Cómo puedo afirmar si te amaré de nuevo como te amo ahora?


 

 

What have I to say to you
When we shall meet?
Yet—
I lie here thinking of you.

The stain of love
Is upon the world.
Yellow, yellow, yellow,
It eats into the leaves,
Smears with saffron
The horned branches that lean
Heavily
Against a smooth purple sky.

There is no light—
Only a honey-thick stain
That drips from leaf to leaf
And limb to limb
Spoiling the colours
Of the whole world.

I am alone.
The weight of love
Has buoyed me up
Till my head
Knocks against the sky.

See me!
My hair is dripping with nectar—
Starlings carry it
On their black wings.
See, at last
My arms and my hands
Are lying idle.

How can I tell
If I shall ever love you again
As I do now?

 

El arte de perder se domina fácilmente; tantas cosas parecen decididas a extraviarse que su pérdida no es ningún desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la angustia de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano. El arte de perder se domina fácilmente.

Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido: lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar. Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.

Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue la última o la penúltima de mis tres casas amadas. El arte de perder se domina fácilmente.

Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aun más: algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente. Los extraño, pero no fue un desastre.

Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto que amo) no habré mentido. Es indudable
que el arte de perder se domina fácilmente, así parezca (¡escríbelo!) un desastre.

Que cuando se tiende a la normalidad, se tiende a la risa, a la mediocridad y se acaban los poemas y el mirarse como si hubieran tesoros que leer y plenas intimidades sin cerrar.

Entra, calor de la poesía, ¿qué importa que mires el mar, desaparezcas?

Juguemos a cartas chinescas.

Sentí un funeral en mi cerebro, los deudos iban y venían arrastrándose -arrastrándose -hasta que pareció que el sentido se quebraba totalmente –

y cuando todos estuvieron sentados, una liturgia, como un tambor – comenzó a batir -a batir -hasta que pensé que mi mente se volvía muda –

y luego los oí levantar el cajón y crujió a través de mi alma con los mismos botines de plomo, de nuevo, el espacio -comenzó a repicar,

como si todos los cielos fueran campanas y existir, sólo una oreja, y yo, y el silencio, alguna extraña raza naufragada, solitaria, aquí –

y luego un vacío en la razón, se quebró, caí, y caí – y di con un mundo, en cada zambullida, y terminé sabiendo -entonces –