¿Qué te diré cuando nos encontremos? Sin embargo… acostada aquí pienso en tí.

La mancha del amor está sobre el mundo. Amarilla, amarilla, amarilla, roe dentro de las hojas, unta con azafrán las puntiagudas ramas que se inclinan pesadamente contra el liso cielo rojo.

No hay luz, sólo una espesa mancha de miel que gotea hoja a hoja y de rama a rama empañando los colores del mundo entero.

Estoy sola, y el peso del amor me ha sostenido hasta que mi cabeza choca contra el cielo.

¡Mírame! De mi cabello gotea néctar, que los estorninos se llevan sobre sus negras alas. Mírame, finalmente mis brazos y mis manos están ociosos.

¿Cómo puedo afirmar si te amaré de nuevo como te amo ahora?


 

 

What have I to say to you
When we shall meet?
Yet—
I lie here thinking of you.

The stain of love
Is upon the world.
Yellow, yellow, yellow,
It eats into the leaves,
Smears with saffron
The horned branches that lean
Heavily
Against a smooth purple sky.

There is no light—
Only a honey-thick stain
That drips from leaf to leaf
And limb to limb
Spoiling the colours
Of the whole world.

I am alone.
The weight of love
Has buoyed me up
Till my head
Knocks against the sky.

See me!
My hair is dripping with nectar—
Starlings carry it
On their black wings.
See, at last
My arms and my hands
Are lying idle.

How can I tell
If I shall ever love you again
As I do now?

 

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El arte de perder se domina fácilmente; tantas cosas parecen decididas a extraviarse que su pérdida no es ningún desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la angustia de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano. El arte de perder se domina fácilmente.

Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido: lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar. Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.

Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue la última o la penúltima de mis tres casas amadas. El arte de perder se domina fácilmente.

Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aun más: algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente. Los extraño, pero no fue un desastre.

Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto que amo) no habré mentido. Es indudable
que el arte de perder se domina fácilmente, así parezca (¡escríbelo!) un desastre.

Que cuando se tiende a la normalidad, se tiende a la risa, a la mediocridad y se acaban los poemas y el mirarse como si hubieran tesoros que leer y plenas intimidades sin cerrar.

Entra, calor de la poesía, ¿qué importa que mires el mar, desaparezcas?

Juguemos a cartas chinescas.

Sentí un funeral en mi cerebro, los deudos iban y venían arrastrándose -arrastrándose -hasta que pareció que el sentido se quebraba totalmente –

y cuando todos estuvieron sentados, una liturgia, como un tambor – comenzó a batir -a batir -hasta que pensé que mi mente se volvía muda –

y luego los oí levantar el cajón y crujió a través de mi alma con los mismos botines de plomo, de nuevo, el espacio -comenzó a repicar,

como si todos los cielos fueran campanas y existir, sólo una oreja, y yo, y el silencio, alguna extraña raza naufragada, solitaria, aquí –

y luego un vacío en la razón, se quebró, caí, y caí – y di con un mundo, en cada zambullida, y terminé sabiendo -entonces –

No sé cómo será en otras partes pero aquí en la Tierra hay bastante de todo.

Aquí se fabrican sillas y tristezas, tijeras, violines, ternura, transistores, diques, bromas, tazas.

Puede que en otro sitio haya más de todo, pero por algún motivo no hay pinturas, cinescopios, empanadillas, pañuelos para las lagrimas.

Aquí hay un sinfín de lugares con sus alrededores. Algunos te pueden gustar especialmente, puedes llamarlos a tu manera, y librarlos del mal.

Puede que en otro sitio haya lugares así, aunque nadie los encuentra bonitos.

Quizá como en ningún sitio, o en pocos sitios, aquí tengas un torso separado y con él los instrumentos necesarios para añadir los propios a los niños de otros. Y además brazos, piernas y una cabeza sorprendida.

La ignorancia tiene aquí mucho trabajo, todo el tiempo cuenta, compara, mide, saca de ello conclusiones y raíces cuadradas.

Ya, ya sé lo que estás pensando.

Aquí no hay nada duradero, porque desde siempre hasta siempre está en manos de los elementos. Pero date cuenta: los elementos se cansan rápido y a veces tienen que descansar mucho hasta la próxima vez. Y sé qué más estás pensando.

Guerras, guerras, guerras.

Pero incluso entre las guerras a veces hay pausas. Firmes -la gente es mala. Descansen -la gente es buena. A la voz de firmes se produce devastación. A la voz de descansen se construyen casas sin descanso y rápidamente se habitan.

La vida en la tierra sale bastante barata. Por los sueños, por ejemplo, no se paga ni un céntimo. Por las ilusiones, sólo cuando se pierden. Por poseer un cuerpo se paga con el cuerpo. Y por si eso fuera poco, giras sin billete en un carrusel de planetas y junto a éste, de gorra, en un torbellino de galaxias, en unos tiempos tan vertiginosos que nada aquí en la Tierra llega ni siquiera a moverse.

Porque mira bien: la mesa está donde estaba, en la mesa una carta, colocada como estaba, a través de la ventana un soplo solamente de aire, y en las paredes ninguna terrorífica fisura por la que el viento se te lleve a ninguna parte.

Los viajes son una brutalidad. Le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda la comodidad familiar de la casa y de los amigos. Se está en continuo desequilibrio. Nada le pertenece a uno salvo las cosas esenciales: el aire, el descanso, los sueños, el mar, el cielo, y todo tiende hacia lo eterno o a lo que imaginamos de la eternidad.

He matado nuestra vida juntos, he cortado cada cabeza, con sus tristes ojos azules atrapados en una pelota de playa, rodando por separado afuera del garaje.
He matado todas las cosas buenas pero son demasiado tercas. Se cuelgan.

Las pequeñas palabras de tu compañía se han arrastrado hasta su tumba, el hilo de la compasión, como una frambuesa querida, los cuerpos entrelazados cargando a nuestras dos hijas, tu recuerdo vistiéndose temprano, toda la ropa limpia, separada y doblada, tú sentándote en el borde de la cama lustrando tus zapatos con un limpiabotas, y yo te amaba entonces, eras tan sabio desde la ducha, y te amé tantas otras veces y he estado por meses, tratando de ahogarlo, presionando, para mantener su gigantesca lengua roja por debajo, como un pez.

Pero a donde quiera yo vaya están todos en llamas, el róbalo, el pez dorado, sus ojos amurallados flotando ardiendo entre plancton y algas marinas como tantos otros soles azotando las olas, y mi amor se queda amargamente brillando, como un espasmo que se niega dormir, y estoy indefensa y sedienta y necesito una sombra pero no hay nadie para cubrirme -ni siquiera dios.

Siempre es conmovedor el ocaso por indigente o charro que sea, pero más conmovedor todavía es aquel brillo desesperado y final que herrumbra la llanura cuando el sol último se ha hundido.
Nos duele sostener esa luz tirante y distinta, esa alucinación que impone al espacio el unánime miedo de la sombra y que cesa de golpe cuando notamos su falsía, como cesan los sueños cuando sabemos que soñamos.