Las cosas de Marlowe en «El largo adiós».

Capítulo 20:-Espere un momento -dije-. Ese beso no dejará cicatriz. Sólo le parece que la hará. Y no me diga que soy demasiado buena persona. Prefiero ser un canalla.

Capítulo 31: Estaba viendo la vida a través de los vapores de una resaca. Fue una de esas mañanas que parecen prolongarse eternamente. Estaba desinflado, cansado y aburrido y los minutos parecían caer en el vacío, con un suave zumbido, como cohetes gastados. Los pájaros gorjeaban en los arbustos de los alrededores de la casa y los coches iban y venían interminablemente por Laurel Canyon. De ordinario ni siquiera los oía. Pero estaba ensimismado e irritable y molesto y susceptible en exceso. Decidí matar la resaca. De ordinario no bebo por la mañana. El clima del sur de California es demasiado suave para eso. No se metaboliza el alcohol con suficiente rapidez. Pero me preparé un cóctel muy frío, de los que requieren abundancia de líquido, me senté en una poltrona con la camisa abierta, ojeé una revista y leí una historia disparatada de un individuo que tenía dos vidas y dos psiquiatras, uno de ellos un ser humano y el otro alguna especie de insecto en una colmena. El protagonista iba y venía de la consulta del uno a la del otro, y toda la historia era perfectamente absurda, pero divertida de una manera poco convencional. Yo controlaba lo que bebía con mucho cuidado, un sorbo cada vez, vigilándome.

Capítulo 35: Otra parte de mí quería marcharse para no regresar nunca, pero ésa era la parte de la que nunca hago caso. Porque de lo contrario me habría quedado en el pueblo donde nací, habría trabajado en la ferretería, me habría casado con la hija del dueño, habría tenido cinco hijos, les habría leído las historietas del suplemento dominical del periódico, les habría dado capones cuando sacaran los pies del tiesto y me habría peleado con mi mujer sobre el dinero que se les debía dar para sus gastos y sobre qué programas podían oír y ver en la radio y en la televisión. Quizás, incluso, habría llegado a rico, rico de pueblo, con una casa de ocho habitaciones, dos coches en el garaje, pollo todos los domingos, el Readers Digest en la mesa del cuarto de estar, la mujer con una permanente de hierro colado y yo con un cerebro como un saco de cemento de Portland. Se lo regalo, amigo. Me quedo con la ciudad, grande, sórdida, sucia y deshonesta.

Capítulo 46: O me emborrachaba en serio o practicaba la sobriedad.

Capítulo 48: -Eres un policía como hay pocos, Bernie, pero con todo y con eso estás equivocado. En cierta manera a todos los policías les pasa lo mismo. Todos le echan la culpa a lo que no la tiene. Si un fulano pierde el sueldo jugando a los dados, hay que acabar con el juego. Si se emborracha, acabar con las bebidas alcohólicas. Si mata a alguien en un accidente, dejar de fabricar automóviles. Si lo pillan con una chica en una habitación de hotel, suprimir las relaciones sexuales. Si se cae por la escalera, dejar de construir casas.

-Cierra el pico.

-Claro, mándame callar. No soy más que un ciudadano particular. Desengáñate, Bernie. Tenemos mafias y sindicatos del crimen y asesinos a sueldo porque tenemos políticos corruptos y a sus secuaces en el ayuntamiento y en la asamblea legislativa. El delito no es una enfermedad, es un síntoma. Los policías son como un médico que te da una aspirina para un tumor en el cerebro, excepto que el policía preferiría curarlo con una cachiporra. Somos un pueblo grande, primitivo, rico y desenfrenado y la delincuencia organizada es el precio que pagamos por la organización. Vamos a tenerla mucho tiempo. La delincuencia organizada no es más que el lado sucio del poder adquisitivo del dólar.

Capítulo 49: -No quiere acostarse conmigo, lo entiendo perfectamente. No hay ninguna razón para que quiera. Pero, de todos modos, nos podemos tomar una copa o dos sin tener que pelearnos sobre quién va a ser seducido ni cuando ni donde ni sobre la cantidad de champán necesaria.

Capítulo 50: Los franceses tienen una frase para eso. Los muy cabrones tienen una frase para todo y siempre aciertan. Decir adiós es morir un poco.

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