Era bajo y delgado, andaba con un paso leve como si el cuerpo no lo perturbara. La joven de la portería de la pensión de Catete, transportada en éxtasis, dijo de él: «¡El maravilloso poder de expresar sus sentimientos por la música!».
Él tocaba de noche, cuando los huéspedes dejaban más vacío el salón. Debía de haber tocado en tiempos idos razonablemente bien, en cuanto a la técnica. En cuanto a «sus sentimientos» no podían expresarse por la música más que en dos variantes primarias: o el pianissimo, o el fortissimo. Pasaba de uno al otro sin aviso, lo que en verdad expresaba los sentimientos primarios de la joven de la portería. En cuanto a los suyos propios, tal vez esas dos únicas variaciones indicaran sólo una gama pobre o monótona de emociones. Aun en cuanto a su físico, su traje llegó por error a otro cuarto, fue como si todo él estuviera colgado del perchero —un hombro más alto que el otro, hombros que no eran estrechos sino de algún modo discretos o tímidos. No fue difícil adivinar que el traje no era suyo. «¿Del extranjero?», preguntaron. «¿Es extranjero?», retrucaron con una pregunta. No lo era.
Olvidé decir que parecía albino. Y era miope: de ahí, tal vez, indirectamente, sólo poder tocar pianissimo o fortissimo, como si sólo en el contraste brutal él viera. Yo lo conocí, y fue un hombre que casi se mató. Pero no se mató. Tal vez había encontrado un término medio entre el pianissimo y el fortissimo. Como la mayoría de las personas.

Para rehacerme y rehacerte vuelvo a mi estado de jardín y de sombra, fresca realidad, apenas existo y si existo es con un delicado cuidado. Alrededor de la sombra hace un calor de sudor abundante. Estoy viva. Pero siento que aún no he alcanzado mis límites, ¿fronteras con qué?, sin fronteras, la aventura de la libertad peligrosa. Pero me arriesgo, vivo arriesgándome. Estoy llena de acacias que se balancean, amarillas, y yo que apenas he comenzado mi jornada, la empiezo con un sentido de tragedia, adivinando hacia qué océano perdido van mis pasos de vida. Y locamente me apodero de los desvanes de mí, mis desvaríos me asfixian de tanta belleza. Yo soy antes, yo soy casi, yo soy nunca. Y todo eso lo he obtenido al dejar de amarte.

No es siempre a todos apreciable y caro lo que al sentido tienta mientras alguien lo sienta aun si es muy dulce, pésimo y amargo.

El buen gusto es tan raro que a la opinión del vulgo errante cede quien a solas lo goza sin embargo. Así yo pierdo, avaro, a quien saber no puede de un alma triste ayes y dolores.

El mundo es ciego y da lauros y honores a aquel que menos digno se revele, cual látigo que al par enseña y duele.


 

Non sempre a tutti è si pregiato e caro

quel che ´l senso contenta,

c´un sol non sia che´l senta,

se ben par dolce, pessimo e amaro.

Il buon gusto è sì raro

c´al vulgo errante cede

in vista, allor che dentro di sè gode.

Così, perdendo, imparo

quel che di four non vede

chi l´alma ha trista, e´suo sospir non ode.

El mondo è cieco e di suo gradi o lode

più giova a chi più sacarso esser ne vuole,

come sferza che ´nsegna e parte duole.

 

No creas que esto se me olvidará. Ya no es tiempo. No entendiste lo que soy, yo soy amor, soy placer, soy esencia, soy pendeja, soy alcohólica, soy tenaz, soy pintora. Soy, simplemente soy. Y tu qué cosa eres, qué tengo que hacer ante tus ofensas. Seguir como imbécil creyéndote tus pendejadas y aceptar que tu eres un dios. Eres un dios, pretendiendo ser un dios pagano. Quédate con toda tu vida de porquería, eres una mierda.

dhs8527_771_0

Trabajo desde hace años en la Unesco y otros organismos internacionales, pese a lo cual conservo algún sentido del humor y especialmente una notable capacidad de abstracción, es decir, que si no me gusta un tipo lo borro del mapa con sólo decidirlo, y mientras él habla y habla yo me paso a Melville y el pobre cree que lo estoy escuchando.

De la misma manera, si me gusta una chica puedo abstraerle la ropa apenas entra en mi campo visual, y mientras me habla de lo fría que está la mañana yo me paso largos minutos admirándole el ombliguito. A veces es casi malsana esta facilidad que tengo.

El lunes pasado fueron las orejas. A la hora de entrada era extraordinario el número de orejas que se desplazaban en la galería de entrada. En mi oficina encontré seis orejas; en la cantina, a mediodía, había más de quinientas, simétricamente ordenadas en dobles filas. Era divertido ver de cuando en cuando dos orejas que remontaban, salían de la fila y se alejaban. Parecían alas. […]

El ciempiés andaba feliz hasta que un sapo le preguntó por diversión:

-Disculpe, ¿cuál pierna va después de cuál?

Esto llevó su mente a un punto tal que cayó distraído en una zanja pensando cómo caminar.