No le des prisa, dolor,
a mi tromento crecido,
que a las veces ell olvido
es un concierto d´amor.

Anuncios

 

 

En estos tiempos no sé, por así decir, lo que quiero; tal vez no quiero lo que sé y quiero lo que no sé

Marsilio Ficino, carta a Giovanni Cavalcanti, c.1475

Miedo de mí. Cada vez que pienso en mí dejo de reír, de cantar, de contar. Como si hubiera pasado un cortejo fúnebre

Alejandra Pizarnik

Ya solo habla de amor, dice el libro. Antiguo beso eléctrico hiper-digitalizado. Sociedad de la transparencia. Amor líquido, espeso. Fotocopias de Kurtag-Bach , transcripciones para piano a cuatro manos. Schubert. Películas. Ronda. Grazalema. Bilbao. Cuenca. Marie Moody. In a cage. Romper con todo es fácil si hubiera algo, pero… ¿hay algo? Costumbre. Decepción. Desencanto.

Ya solo habla de amor, dice el libro. Y remembranzas. Y tocar mi boca con tu espalda, besar tus hombros y creer que sólo ahí nos absorbemos vivos, nada más, soy una perra hambrienta, pura palabra y silencio. A veces creo que no soy nada. A veces sueño que lloro y siempre acabo llorando de veras,  como ahora y hasta en los mejores momentos, incluso hasta cuando ya solo hablo de amor y soy consciente. Joder, ójala y no nos hubiéramos conocido jamás aquella noche y no.

Ya sólo hablo de amor. Qué bonita es tu espalda. Qué bonito eres tú. Qué bonitos hemos sido y cuanta pena hemos dado y nos hemos dicho. Cuantos camiones nos han recogido atropellados en la calle y qué poco nos hemos valorado. Tengo miedo, abrázame.

Naturalmente, Leticia/Lutecia era pirómana. De pronto quemaba un incunable, una moldura robada en la capilla gótica y desguazada de sus abuelos, una silla de cocina. Preparaba el fuego minuciosamente, con alcohol, trapos, papeles, como si fuese a curar a alguien de algo, y luego se sentaba a ver el recital de las llamas, la cantata del objeto incendiado, a desentrañar con sus ojos claros y tristes el parentesco, nunca aclarado por nadie, pero siempre intuido en la humanidad, entre el fuego y la música.

Asimismo, Leticia/Lutecia era acuómana o acuófila o algo así —habría que inventar una palabra, pero ahora no tengo tiempo—, de modo que, cuando el espectáculo del fuego estaba asegurado, abría grifos, o picaba minuciosamente una cañería, con su limita de uñas, hasta tener un órgano o un xilofón de chorros zigzagueando su alta casa como una escritura rápida. El fuego escribe sus páginas despacio, con caligrafía cursiva y concienzuda, el fuego marca a fuego los papeles y las paredes donde deja su confidencia de humo, pero el agua atropella una escritura urgente que en seguida gotea y se cae como si todo lo escrito fuera mentira. Frente a estas dos escrituras contrapuestas y eternas, que vienen explicando el universo desde que existe, se sentaba Leticia/Lutecia con las largas piernas muy abiertas bajo su falda leve, que era una translúcida sucesión de faldas. El secreto del mundo, efectivamente, no lo sabremos nunca porque el fuego dice una cosa y el agua dice otra, y ambas escrituras se contraponen, se desmienten, se anulan una a la otra, y mientras el agua nos dice que el sentido del mundo es transcurrir, el fuego nos explica que el sentido del mundo es consumirse en sí mismo, estáticamente.

Ya Heráclito empezó a leer en el agua y el fuego, porque no hay otras cartas destinadas al hombre, y toda la brujería y todo el misterio voluntario han ido por ese camino, pero Heráclito leía de verdad, mientras que los poetas irracionales del curanderismo oscurantista leen de mentira. Leticia/Lutecia leía con sus ojos inteligentes y tristes —ojos de perro más que de gato— las palabras contrapuestas, las palabras cruzadas del agua y el fuego, y aunque supongo que no entendía nada, eso le daba una sabiduría que ahí quedaba, en el fondo de su pecho débil y anémico. Cuando todo ardía y todo fluía, Leticia/Lutecia se masturbaba con una manzana, siempre con una manzana, levantando su falda, sus faldas, y desnudando su sexo, que solía llevar sin braga. Hacía girar la manzana contra la boca de la vulva, lentamente, con la palma de su mano estrecha, y era una manzana roja que se iba baboseando con las exudaciones vaginales de la niña.

Yo, asustado de tanto fuego, apagaba el incendio con pocillos de agua, y anudaba trapos espesos, verdosos, como sapos textiles, a las cañerías picadas, y los trapos quedaban allí adheridos como monstruos informes, como ranas indefinidas, de una sed espantosa, que bebían y bebían, hasta emborracharse de agua, el borbotón fino del desastre fontanero. Y el apagado incendio daba un humo que era como la barba errante de no sé qué gigantón que estuviese poseyendo a Leticia/Lutecia delante de mí, y las cenizas eran, como siempre son, cenizas de carta destruida, aunque sean las cenizas de una catedral o de un barco, y yo, de pie no sé dónde, sin sitio entre los sitios, miraba la lenta masturbación de la niña, que a veces levantaba las piernas, con calcetines de futbolista, hasta mostrar su culo fino, que era como el stradivarius de los culos.

Se estimulaba los grandes labios, los pequeños labios, toda la región pelviana, y luego me parece que se concentraba en el clítoris, claro, ya con dos dedos infantiles, habiéndome arrojado la manzana masturbatoria, que yo me comía lentamente, sabrosamente, impregnada de jugos, enredada a veces de pelos, teniendo que frotarla contra mi camisa para limpiarla un poco, aunque no me gustaba que perdiese el sabor uretral de Leticia/Lutecia, y por fin, cuando la niña hablaba en la incoherencia postorgásmica, en un sistema de preguntas sueltas e inmotivadas que le era peculiar, yo la llevaba en brazos al lecho, sacaba mi picha de fuego y oro y penetraba entre los arroces de su vagina, como una catástrofe entre cosechas, haciéndola gritar, delirar, transformando su voz y todo su vocabulario en una única y gran pregunta, que yo ya sabía que no tenía respuesta, ni ella la esperaba.

Así reptábamos de la cama al suelo, porque Leticia/Lutecia sabía caminar sobre la espalda, y era cuando el dolor de su vagina le era insufrible y parecía huir de mí, aunque en realidad no hacía sino caminar sobre la espalda por toda la habitación, moquetas, esteras, pasillos, baldosas, parqués, periódicos, trapos, y éramos como un ciempiés poseído por otro ciempiés, y a veces, mientras escribo estas cosas, me llama ella por teléfono, o creo que me llama, aunque lo más frecuente es que dé con los nudillos en la ventana, y cuando me levanto a abrirla ya no está, sólo veo al gato requisando los tiestos.

Después de tanta fornicación se quedaba rendida, me gusta joder contigo, decía, y tomaba otra manzana, pero ésta ya para comérsela. Así siempre.

537810_10200160854399095_1126918056_n

La mano se extiende, pero a mitad de camino la detiene una imagen.
Y se marcha entonces con ella, no para poseerla sino tan sólo para entrar en su juego.
La mano ha comenzado a enamorarse en el camino y así la posesión y el don se le escapan.
La mano ha cambiado su destino por un vuelo que no es el vuelo del pájaro, sino un abandono a las mareas que no tienen costa o a los desequilibrios de una sabiduría diferente.
La mano ha renunciado a su objeto y ha adquirido el valor de su distracción.
La mano ha renunciado a salvarse.