mario 010001

Si he de vivir que sea
sin timón y en el delirio.

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“Querido coleccionista: le odiamos. El sexo pierde todo su poder y su magia cuando se hace explícito, mecánico, exagerado; cuando se convierte en una obsesión maquinal. Se vuelve aburrido. Usted nos ha enseñado, mejor que nadie que yo conozca, cuán equivocado resulta no mezclarlo con la emoción, la ansiedad, el deseo, la concupiscencia, las fantasías, los caprichos, los lazos personales y las relaciones más profundas, que cambian su color, sabor, ritmos e intensidades.

Usted no sabe lo que se está perdiendo a causa de su examen microscópico de la actividad sexual, que excluye los aspectos que constituyen el carburante que la inflama. Aspectos intelectuales, imaginativos, románticos y emocionales. Eso es lo que confiere al sexo sus sorprendentes texturas, sus sutiles transformaciones, sus elementos afrodisíacos. Usted está dejando que se marchite el mundo de sus sensaciones; está dejando que se seque, que se muera de inanición, que se desangre.

Si alimentara usted su vida sexual con todas las excitaciones y aventuras que el amor inyecta en la sensualidad, se convertiría en el hombre más potente del mundo. La fuente del poder sexual es la curiosidad, la pasión. Está usted contemplando cómo su llama se extingue por asfixia. El sexo no prospera en medio de la monotonía. Sin sentimiento, sin invenciones, sin el estado de ánimo apropiado, no hay sorpresas en la cama. El sexo debe mezclarse con lágrimas, risas, palabras, promesas, escenas, celos, envidia, todas las variedades del miedo, viajes al extranjero, caras nuevas, novelas, relatos, sueños, fantasías, música, danza, opio y vino.”

 

If I fell in love with you

-me perdí en abrir ventanas que es mejor no abrir. cerca del punto y la línea, tal vez, lejos de tí.

Ahora cantan nuestras manos en un sofá hambriento de te quieros y me hielo cuando me tengo que ir. Esta puta niebla va y me acompaña junto con promesas que desaparecen cuando nos alejamos, y es que nos conocimos y yo, perdona que me volviera loca esperando tus caricias, perdona que me partiera esta mala cabeza.

tu nariz me investiga, no he visto ojos tan tristes. Tengo unas manos delgadas, dices. pienso en lo puto bello que eres.

me destrozas otra vez, mientras entrelazamos refugios y olores, aquellos de esas noches mojadas, aquellos de tan tu, de tu tan mío. No sé aun, no he aprendido a decirte:

-Ven y no te vayas nunca.

Cuando vi que cantabas al color de las mariposas tuve miedo.

Luego me dijeron que era lo mejor y después, que ya lo entendería.

Tardé en comprender que la técnica se aprende, que el olor a cemento con el frío duele y que no volvería a sentir tus ojos.

Supe en un instante lo peor. Que la vida no era nada. Un sobresalto. Una metahistoria de tus caricias de mentira. Un dolor a los 27. Tus entrañas en mi digestión. Un chupito de tequila y yo.

Yo soy la asesina del amor

estoy asesinando a la música que considerábamos tan especial,

que resplandecía entre nosotros, una y otra vez.

Estoy matándome a mí, que me arrodillé ante tus besos.

Estoy empujando cuchillos a través de las manos

que convirtieron dos en uno.

Nuestras manos no sangran con esto,

ellas yacen aún en su deshonra.

Tomo los botes de nuestras camas

y los empantano, dejándolos encallar en el mar

y ahogarse y quedarse en nada.

Estoy rellenando tu boca con tus

promesas y mirando

cómo me las vomitas en la cara.

¿El Campamento que dirigimos?

He gaseado a los campistas.

 

Ahora estoy sola con los muertos,

volando puentes,

arrojándome como una lata de cerveza en la papelera.

Vuelo como una rosa roja,

dejando un chorro

de soledad

y aun así no siento nada,

aunque vuelo y arrojo,

mi interior está vacío

y mi cara en blanco como una pared.

 

¿Llamo al director de la funeraria?

Él podría poner nuestros cuerpos en un ataúd rosa,

esos cuerpos de antes,

y quizás alguien mande flores,

y quizás alguien venga a llorarnos

y estaría en los obituarios,

y la gente sabría que algo murió,

no hay más, no dice más, ni quiere

conducir un coche de nuevo ni nada de eso.

 

Cuando una vida ha terminado,

aquella para la que vivías,

¿adónde vas?

 

Trabajaré por las noches.

Bailaré en la ciudad.

Llevaré el rojo para un incendio.

Observaré cuidadosamente el río Charles,

llevando sus largas piernas de neón.

Y los coches pasarán.

Los coches pasarán.

 

Y no habrá gritos

de la señora del vestido rojo

bailando sobre su propia Ellis Island,

que gira en círculos,

bailando sola,

mientras los coches pasan.

Esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»… Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»).

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

Me encantaría ser más normal pero al final acabo siendo puramente inaccesible. Hayo paz entre los muertos del día siguiente, es difícil explicar. Ójala y fuera más normal. Ójala y el amanecer no me supiera a humo, ¿por qué cuando eres un muerto ya no te respetan ni los coches en un paso de cebra?. El amanecer, por lo menos, sirve para escribir, es fácil, digamos que duele menos decir la verdad cuando te rodeas de muertos.

Pero me encantaría poder ser más normal, no tener que hablar de Bach, ni de Schubert, ni tener que recordarte, simplemente poder amarte como en los boleros.