Siempre es conmovedor el ocaso por indigente o charro que sea, pero más conmovedor todavía es aquel brillo desesperado y final que herrumbra la llanura cuando el sol último se ha hundido.
Nos duele sostener esa luz tirante y distinta, esa alucinación que impone al espacio el unánime miedo de la sombra y que cesa de golpe cuando notamos su falsía, como cesan los sueños cuando sabemos que soñamos.

He aquí lo que veo y lo que me perturba. Miro a todas partes y en todas no veo sino oscuridad. La naturaleza no me ofrece nada que no sea materia de duda y de inquietud. Si no viera en ella nada que denotara una divinidad, me determinaría por la negativa; si viera por doquier señales de un creador, descansaría en paz en la fe. Pero como veo demasiado para negar y demasiado poco para estar seguro, me encuentro en un estado lamentable y en el cual he deseado cien veces que si un dios la sostiene, lo señale sin equívoco, y que si las señales que de ello da son engañosas, las suprima completamente; que la naturaleza diga todo o nada, a fin de que yo vea el partido que debo seguir. Mientras que en el estado en que me encuentro, ignorando lo que soy y lo que debo hacer, no conozco ni mi condición ni mi deber. Mi corazón tiende todo entero a conocer dónde está el verdadero bien para seguirlo; nada me sería tan caro para la eternidad.

Vivimos con fantasmas y nosotros mismos somos fantasmas. Para salir de esta cárcel imaginaria no hay sino dos caminos. El primero es el del erotismo y ya vimos que termina en un muro. La pregunta del amante celoso, ¿en qué piensas, qué sientes? no tiene sino la respuesta del sadomasoquismo: atormentar al otro o atormentarnos a nosotros mismos. En uno y en otro caso es inaccesible e invulnerable. No somos transparentes ni para los demás ni para nosotros mismos. En esto consiste la falta original del hombre, la señal que nos condena desde el nacimiento. La otra salida es la del amor: la entrega, aceptar la libertad de la persona amada. ¿Una locura, una quimera? Tal vez, pero es la única puerta de la cárcel de los celos. Hace muchos años escribí: el amor es un sacrificio sin virtud; hoy diría: el amor es una apuesta, insensata, por la libertad. No la mía, la ajena.

Cada día, cada hora, cada instante, más valor. Valor: solamente valor. Nada más que valor. Valor para nosotros y valor para los demás. Valor para la demolición y valor para la creación. Valor contra el ayer y valor para el mañana. Valor en la vida y valor en el arte: valor ante el ridículo y valor ante el amor.

Papini. Masculinidad.

Me gusta después de comer tumbarme al sol. Veo un dibujo de Frida:

-<<¿Te vas?>>.- Pregunta.

-<<No>>.- Responde.

Leo muchas cosas a esta hora, me gusta llamarle <<mi hora>>. Cuando soy una histérica anormal para tí y cuando <<¿te vas?>> y respondes <<sí>> me alivia el alma.

Antes de nuestra particular primavera negra solía pensar que me iba a morir en el <<¿te vas?>> con respuesta afirmativa; y ahora, ójala y me pudieras ver, construyo a mi antojo los escombros de esta casa de fantasmas que has demolido y juego a vivir en la casa que soñé hacer contigo.

Un poco de música, lavo los platos, paso la escoba y leo. Lo siento, ójala y pudiera hablar de algo menos camerístico, más masculino.Luego llega el momento de un café y disfruto de un cigarro diario, en cada calada se van miles de pensamientos, me gustaría decir que va alguno para tí, pero la verdad es que no.

-<<¿Te vas, por favor?>>.-Pregunta.

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Ilusión óptica: Imagen mental engañosa provocada por una falsa percepción de la realidad debida a la interpretación errónea de los datos que perciben los sentidos.

Salón.

El sofá naranja es bruto y suave. Pincha con los plumajes clavados de otros animales que pasean por el lugar, suelen metamorfosear y cambiar de piel sobre él. El sofá adopta muchas posiciones, a veces más hundido, otras dibuja formas la tela que lo cubre. El olor del orín de los animales mojando el sofá es nauseabundo y amargo y  hace sangrar la nariz del único humano de la sala. Humano aburrido y cansado. Sentado sobre una silla metálica, ruidosa y fría. Sobre la mesa, también naranja, una nave espacial, con ella puedes acceder a mundos cómicos, eróticos, tristes, dramáticos o antropológicos. Es una nave a la que si le hablas te puede contestar todo lo que imagines… o menos. El suelo gris envuelve la atmósfera densa, es duro, con un formato poco predecible y manchas. Los dibujos que se vislumbran en esta parte de la casa tienden a la tristeza, a un pasado que sólo remite a fantasmas. Una gran columna a modo de pilar base del edificio estructura la estancia, parece rebotar el sonido en ella, el sonido del propio eco del humano aburrido y cansado. La soledad tiene forma cilíndrica. Poca luz. ¿Quién la necesita? Esa nave espacial situada en la mesa naranja la puede proporcionar con solo decirlo.

-Nave espacial, quiero luz.

-Sí, humano.

-Nave espacial, un video x.

-Conectando con videox.com

-Nave espacial, comida a domicilio.

-¿Qué especialidad pedir?

-Coprofagia.

Cocina.

La descripción es casi absurda puesto que no se utiliza, a estas alturas la alimentación ha llegado a una estilización soberana, el humano aburrido y cansado en su juventud era un carnívoro comprometido con la causa, con su primer novio se hizo maricón y vegetariano, era la moda, la ocasión de cambiar, la promesa de unos 40 kg menos, era bueno ser vegetariano porque las cacas salían por el ojete como una salchicha Frankfurt, duras y compactas, le dejó su novio y se hizo vegano, un paso más a su elaborada evolución, también en esa época se hizo bisexual, tras un periodo de promiscuidad se volvió gordo, viejo, calvo y con una picha floja y arrugada nada excitante que le hizo caer en la coprofagia, la cosa se había puesto tan de moda que era imposible no lograr éxito sexual con este nuevo cambio, además las ofertas si se compraba en un restaurante coprófago eran fuera de lo normal, descomunales, como las caquitas que echaba al váter en su época de fulgor fálico.

Lo único que tenía la cocina era una vitrocerámica limpia como la calva de un jubilado y una cafetera. La cafetera se encontraba pequeña, aburrida y cansada, como todo lo que habitaba la casa. Nuestro amigo el humano aburrido y cansado un día después de años y años de hibernación decidió hacerse un café, la excitación de hacer algo con las manos era tal que pensaba que se estaba ereccionando su miembro, para nada, solo era una ilusión óptica, se acercó poco a poco a la cafetera, cada vez más grande, abrió la tapa gris metálico y ¡hola! había otra vida además de la nave espacial en aquel lugar que difícilmente podría llamarse casa, una cucaracha le saludaba en una piscina. Ahora sí que el ser humano aburrido y cansado se sentía aburrido y cansado.

-Cucaracha, vete.

-…

-Cucaracha, vete.

-…

No sabía con qué modales hacerse entender, solo la nave espacial sabía entenderle bien…

Aseo.

El aseo tenía los artilugios de una sala de fiestas. Un trono le esperaba sucio y con pelos del culo en los alrededores de la tapa todos los días. El humano aburrido y cansado estaba ya hasta arriba de diazepam, la cucaracha de la cocina le había dado tal mal rato que le dio un apretón como un tsunami. Tenía una lavadora en el intestino grueso. Brum brum. Menudo zurullote…Al ser coprófago las cacas salían disecadas, tanto alimentarse de lo mismo hace que a uno se le quiten las ganas de hacer cualquier cosa por su cuenta. Cagar era más atractivo cuando lo hacía un especialista.

-Que caguen por mí.- decía con sus amigos virtuales.

Ah, amigos, bendita palabra. Los únicos amigos del aseo son la escobilla y el cepillo de dientes. Las toallas olían a rancio ligeramente, hacía mucho tiempo que no las lavaba, cree que desde la última vez que una mujer pisó el aseo, probablemente su madre. Le encantaba a nuestro humano aburrido y cansado, cansado y aburrido frotarse los dientecitos bien puestos gracias al aparato que le pagó su madre ahora muerta. Frotó y frotó. Era un cepillo de dientes estupendo.

-Ah.

Sacó el cepillo de dientes de la boca.

-Qué coño.

Era la cucaracha. Se había instalado entre las cerdas. Es curioso como para lo que un humano es un amigo para un animal es una cama.

Dormitorio.

Aunque la verdadera cama del humano cansado y aburrido la tenía en otra sala más amplia y con más luz. Le encantaba retozar ahí. Podía dormir horas y horas. Eso sí que era vida. La cama era enorme, como un estadio de fútbol, como una catedral gótica, como el sueño de un niño, como el dolor del parto, la cama era enorme y maravillosa, demasiado para él, siempre se preguntó cómo podía tener él una cama como ella, la vestía para la ocasión, a veces más extravagante, otras más castiza, otras más romántica, a ella le encantaba que la cubrieran con una manta de leopardo peludita, era lo más calentito que había conocido, un día, el humano aburrido y cansado sintió que la cama no quería que él se sentara sobre la manta de leopardo, que la arrugara, que pusiera sus pezuñas en su tacto sedoso, el humano sintió celos, unos celos tan fuertes que después de ir al baño a hacer otro zurullito por el estrés, cogió la bella manta de leopardo, lo más bello que había pasado por esa cama y la tiró a la basura.

No había cuadros ni espejos.

Armario.

Un armario. Un armario en el centro de la habitación donde se situaba la cama. En el armario multitud de elementos que el humano había dejado de utilizar. Calzoncillos, pantalones, camisas, camisetas, pijamas, cazadoras, abrigos, trajes, corbatas, pajaritas, zapatos…El humano aburrido y cansado se paseaba desnudo, ya no salía de su casa, utilizaba la nave espacial para todo. El armario no tiene ninguna relevancia en este relato.

Terraza.

Bien, retomando el hilo, tras el descubrimiento de la cucaracha en las cerdas del cepillo de dientes, el humano cansado y aburrido salió corriendo. Se tiró por la terraza.

Estudio.

Aquí me hallo, en el estudio, escribiendo, todo ha sido divertido, la silla es metálica, ruidosa y fría. Sobre la mesa, también naranja, una nave espacial, con ella puedes acceder a mundos cómicos, eróticos, tristes, dramáticos o antropológicos. Es una nave a la que si le hablas te puede contestar todo lo que imagines o menos. El suelo gris envuelve la atmósfera densa, es duro, con un formato poco predecible y manchas. Los dibujos que se vislumbran en esta parte de la casa tienden a la tristeza, a un pasado que sólo remite a fantasmas. Una gran columna a modo de pilar base del edificio estructura la estancia, parece rebotar el sonido en ella, el sonido del propio eco del humano aburrido y cansado. La soledad tiene forma cilíndrica. Poca luz. ¿Quién la necesita? Esa nave espacial situada en la mesa naranja la puede proporcionar con solo decirlo.

-Nave espacial, quiero luz.

-Sí, humano.

-Nave espacial, un video x.

-Conectando con videox.com

-Nave espacial, comida a domicilio.

-¿Qué especialidad pedir?

-Coprofagia.

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—Pero qué mierda es ésa —me dijo ella, saliendo de su sueño rubio y asmático.

—Tu vulva. Me la dejaste ayer para una fiesta. Recuerda, se ha marchitado un poco, pero… Mira, la he tenido toda la noche en agua. Por no despertarte. No sé.

Rió con su risa más malvada de señora/señorita bien:

—¿Eso? Es una mezcla desagradable de geranio viejo y tajada para el gato. Tira el geranio por la ventana y dale al gato la tajada.

Así lo hice, o al revés. Y mientras Lermontov se comía el geranio/vulva/molleja debajo de un armario de luna que reflejaba el crepúsculo matutino de Capri en Madrid, Leticia/Lutecia echó a un lado la ropa de su cama y se me mostró desnuda, con su vulva joven, agresiva, ilesa, saludable y apetecible.

Aquello sí que era una vulva. La besé con respeto.

Y con el beso comprendí que, en el fondo, si había querido llevarme conmigo la vulva de la niña, era, como siempre, por celos, pues de los celos nace siempre un torero, y yo veía a Leticia/Lutecia fornicada una y otra vez por un viejo torero terroso y estilizado, todo de un sepia años cuarenta, que se venía abajo e insistía en sus baboseos a Leticia/Lutecia, mientras la escritura oblicua de las dedicatorias de fotos de aquella época les iba recubriendo de una colcha caligráfica bajo la cual el viejo matador, famoso y chulo, orinaba interminablemente en la vagina recién despierta de la niña.

¿Y yo qué sabía si todo esto era verdad o mentira? Mis celos muñían un torero con alamares de mierda como el torero que he visto hacer a un viejo naif de Carabanchel, con cartonajes y trapos, y ese muñeco desagradable, con el que a ella le habían retratado en una revista agropecuaria, era la máxima/mínima creación de mi fantasía celosa, porque los celos son una imaginación mal empleada o una mala imaginación.

Así que me fui a mi casa y escribí con el dedo en el agua caliente de la bañera, antes de darme un baño de asiento: “Leticia/Lutecia es el nombre más habitable que he conseguido darle a mi soledad”. No era ni es otra cosa que eso.

Naturalmente, Leticia/Lutecia era pirómana. De pronto quemaba un incunable, una moldura robada en la capilla gótica y desguazada de sus abuelos, una silla de cocina. Preparaba el fuego minuciosamente, con alcohol, trapos, papeles, como si fuese a curar a alguien de algo, y luego se sentaba a ver el recital de las llamas, la cantata del objeto incendiado, a desentrañar con sus ojos claros y tristes el parentesco, nunca aclarado por nadie, pero siempre intuido en la humanidad, entre el fuego y la música.

Asimismo, Leticia/Lutecia era acuómana o acuófila o algo así —habría que inventar una palabra, pero ahora no tengo tiempo—, de modo que, cuando el espectáculo del fuego estaba asegurado, abría grifos, o picaba minuciosamente una cañería, con su limita de uñas, hasta tener un órgano o un xilofón de chorros zigzagueando su alta casa como una escritura rápida. El fuego escribe sus páginas despacio, con caligrafía cursiva y concienzuda, el fuego marca a fuego los papeles y las paredes donde deja su confidencia de humo, pero el agua atropella una escritura urgente que en seguida gotea y se cae como si todo lo escrito fuera mentira. Frente a estas dos escrituras contrapuestas y eternas, que vienen explicando el universo desde que existe, se sentaba Leticia/Lutecia con las largas piernas muy abiertas bajo su falda leve, que era una translúcida sucesión de faldas. El secreto del mundo, efectivamente, no lo sabremos nunca porque el fuego dice una cosa y el agua dice otra, y ambas escrituras se contraponen, se desmienten, se anulan una a la otra, y mientras el agua nos dice que el sentido del mundo es transcurrir, el fuego nos explica que el sentido del mundo es consumirse en sí mismo, estáticamente.

Ya Heráclito empezó a leer en el agua y el fuego, porque no hay otras cartas destinadas al hombre, y toda la brujería y todo el misterio voluntario han ido por ese camino, pero Heráclito leía de verdad, mientras que los poetas irracionales del curanderismo oscurantista leen de mentira. Leticia/Lutecia leía con sus ojos inteligentes y tristes —ojos de perro más que de gato— las palabras contrapuestas, las palabras cruzadas del agua y el fuego, y aunque supongo que no entendía nada, eso le daba una sabiduría que ahí quedaba, en el fondo de su pecho débil y anémico. Cuando todo ardía y todo fluía, Leticia/Lutecia se masturbaba con una manzana, siempre con una manzana, levantando su falda, sus faldas, y desnudando su sexo, que solía llevar sin braga. Hacía girar la manzana contra la boca de la vulva, lentamente, con la palma de su mano estrecha, y era una manzana roja que se iba baboseando con las exudaciones vaginales de la niña.

Yo, asustado de tanto fuego, apagaba el incendio con pocillos de agua, y anudaba trapos espesos, verdosos, como sapos textiles, a las cañerías picadas, y los trapos quedaban allí adheridos como monstruos informes, como ranas indefinidas, de una sed espantosa, que bebían y bebían, hasta emborracharse de agua, el borbotón fino del desastre fontanero. Y el apagado incendio daba un humo que era como la barba errante de no sé qué gigantón que estuviese poseyendo a Leticia/Lutecia delante de mí, y las cenizas eran, como siempre son, cenizas de carta destruida, aunque sean las cenizas de una catedral o de un barco, y yo, de pie no sé dónde, sin sitio entre los sitios, miraba la lenta masturbación de la niña, que a veces levantaba las piernas, con calcetines de futbolista, hasta mostrar su culo fino, que era como el stradivarius de los culos.

Se estimulaba los grandes labios, los pequeños labios, toda la región pelviana, y luego me parece que se concentraba en el clítoris, claro, ya con dos dedos infantiles, habiéndome arrojado la manzana masturbatoria, que yo me comía lentamente, sabrosamente, impregnada de jugos, enredada a veces de pelos, teniendo que frotarla contra mi camisa para limpiarla un poco, aunque no me gustaba que perdiese el sabor uretral de Leticia/Lutecia, y por fin, cuando la niña hablaba en la incoherencia postorgásmica, en un sistema de preguntas sueltas e inmotivadas que le era peculiar, yo la llevaba en brazos al lecho, sacaba mi picha de fuego y oro y penetraba entre los arroces de su vagina, como una catástrofe entre cosechas, haciéndola gritar, delirar, transformando su voz y todo su vocabulario en una única y gran pregunta, que yo ya sabía que no tenía respuesta, ni ella la esperaba.

Así reptábamos de la cama al suelo, porque Leticia/Lutecia sabía caminar sobre la espalda, y era cuando el dolor de su vagina le era insufrible y parecía huir de mí, aunque en realidad no hacía sino caminar sobre la espalda por toda la habitación, moquetas, esteras, pasillos, baldosas, parqués, periódicos, trapos, y éramos como un ciempiés poseído por otro ciempiés, y a veces, mientras escribo estas cosas, me llama ella por teléfono, o creo que me llama, aunque lo más frecuente es que dé con los nudillos en la ventana, y cuando me levanto a abrirla ya no está, sólo veo al gato requisando los tiestos.

Después de tanta fornicación se quedaba rendida, me gusta joder contigo, decía, y tomaba otra manzana, pero ésta ya para comérsela. Así siempre.