mario 010001

Si he de vivir que sea
sin timón y en el delirio.

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Porque todo es igual y tú lo sabes, has llegado a tu casa y has cerrado la puerta con aquel mismo gesto con que se tira un día, con que se quita la hoja atrasada al calendario cuando todo es igual y tú lo sabes.

Has llegado a tu casa, y, al entrar, has sentido la extrañeza de tus pasos que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras, y encendiste la luz, para volver a comprobar que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un año, y después, te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida, y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas, y te has sentido solo, humanamente solo, definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes.

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La gran excusa de nuestra mediocridad:

deseas a la mujer del vecino, la de las tetas grandes,

la billetera de tu jefe, gruesa y dura,

las ilusiones de los enemigos que ves todos los días,

y los odios de los amigos que nunca ves,

pero al final todos acabamos en la mierda.

Ójala y nuestra polla o coño fuera más grande que nuestro ego,

que aunque sea equiparable no es igual,

así podríamos presumir de bicefalia y tal vez

lograr el equilibro

que siempre se nos derrama por el mismo lado.

Muchos me dicen que es más fácil escribir un diario,

pero ah,

este afán por llenarlo todo de mierda,

si buscáis belleza no os miréis al espejo.

Los escritorios no deberían esperar sólo hojas tristes.

Ya sólo me emborracho para dormir.

Trabajar es anodino, algo completamente indiscutible por eso nadie habla de ello.

Los escritorios no deberían guardar esta clase de hojas.

No puedo escribir los versos más tristes esta noche, sólo los más feos; y eso ya es demasiado.

According to Brueghel
when Icarus fell
it was spring

William Carlos Williams

Es poco lo que nos va quedando. Demasiado para saber aceptarlo. Entre nubes se nos va lo que nunca hubo claro. Tal vez vino igual. La única nada que sabemos es la nada que quedará cuando uno de los dos dé el último portazo, aunque seguramente la sabré yo que será quien quede esperando, pues no puede esperar nada aquél que nunca dió de más. No sabemos nada, sólo esperar el no sabemos nada, solo esperar el no sabemos, solo esperar el

¿Qué te diré cuando nos encontremos? Sin embargo… acostada aquí pienso en tí.

La mancha del amor está sobre el mundo. Amarilla, amarilla, amarilla, roe dentro de las hojas, unta con azafrán las puntiagudas ramas que se inclinan pesadamente contra el liso cielo rojo.

No hay luz, sólo una espesa mancha de miel que gotea hoja a hoja y de rama a rama empañando los colores del mundo entero.

Estoy sola, y el peso del amor me ha sostenido hasta que mi cabeza choca contra el cielo.

¡Mírame! De mi cabello gotea néctar, que los estorninos se llevan sobre sus negras alas. Mírame, finalmente mis brazos y mis manos están ociosos.

¿Cómo puedo afirmar si te amaré de nuevo como te amo ahora?


 

 

What have I to say to you
When we shall meet?
Yet—
I lie here thinking of you.

The stain of love
Is upon the world.
Yellow, yellow, yellow,
It eats into the leaves,
Smears with saffron
The horned branches that lean
Heavily
Against a smooth purple sky.

There is no light—
Only a honey-thick stain
That drips from leaf to leaf
And limb to limb
Spoiling the colours
Of the whole world.

I am alone.
The weight of love
Has buoyed me up
Till my head
Knocks against the sky.

See me!
My hair is dripping with nectar—
Starlings carry it
On their black wings.
See, at last
My arms and my hands
Are lying idle.

How can I tell
If I shall ever love you again
As I do now?

 

El arte de perder se domina fácilmente; tantas cosas parecen decididas a extraviarse que su pérdida no es ningún desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la angustia de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano. El arte de perder se domina fácilmente.

Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido: lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar. Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.

Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue la última o la penúltima de mis tres casas amadas. El arte de perder se domina fácilmente.

Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aun más: algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente. Los extraño, pero no fue un desastre.

Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto que amo) no habré mentido. Es indudable
que el arte de perder se domina fácilmente, así parezca (¡escríbelo!) un desastre.

Avanzas con la imagen del príncipe que eras, con desdén por un orden que pronto adivinaste.

Luchando contra el frío, cuerpo a cuerpo estuviste hasta hacerme a mí misma apresurar el paso.

Una carga de flores y recuerdos dispongo por si sintiera yo también, de pronto, el frío y tú te detuvieses y pudiera alcanzarte.

Que cuando se tiende a la normalidad, se tiende a la risa, a la mediocridad y se acaban los poemas y el mirarse como si hubieran tesoros que leer y plenas intimidades sin cerrar.

Entra, calor de la poesía, ¿qué importa que mires el mar, desaparezcas?

Juguemos a cartas chinescas.