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Si he de vivir que sea
sin timón y en el delirio.

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Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»… Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»).

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

Me encantaría ser más normal pero al final acabo siendo puramente inaccesible. Hayo paz entre los muertos del día siguiente, es difícil explicar. Ójala y fuera más normal. Ójala y el amanecer no me supiera a humo, ¿por qué cuando eres un muerto ya no te respetan ni los coches en un paso de cebra?. El amanecer, por lo menos, sirve para escribir, es fácil, digamos que duele menos decir la verdad cuando te rodeas de muertos.

Pero me encantaría poder ser más normal, no tener que hablar de Bach, ni de Schubert, ni tener que recordarte, simplemente poder amarte como en los boleros.

 

Time takes a cigarette.

El tiempo me ha delatado con un carácter autodestructor. Podría decirse que me has salvado durante unos años de la vida y todo lo que ello conlleva, aunque me condenaste al aburrimiento más romántico, bendito aburrimiento. Ahora que he abierto los ojos, que puedo decirme que me hiciste daño y que no quiero sufrir más, ahora que veo en hechos que tú jamás me quisiste como parecía, vuelvo a las andadas, vuelvo a fumar, vuelvo a beber y vuelvo a no desear a nadie, vuelvo a querer estar maldiciéndolo todo, vuelvo a perderme. El ascenso y la caída de Ziggy Stardust podría ser la historia de mi vida, al fin y al cabo siempre he fumado para celebrar una derrota,

hay que saber perder.

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-Es triste, créeme, tener que reconocer que lo que te molesta gana terreno a todo lo bueno que uno siente.

-¿Discutíais?

-¿Discutir? No en el sentido estricto. A veces había una frialdad en el ambiente ¿sabes? Mira, estás con alguien en un coche, en un cuarto, quieres decir algo pero tienes miedo. Quieres ser tierna pero otra vez tienes miedo. Tienes miedo de perder, es decir, de ser la parte más débil. Créeme, es un momento horrible cuando ya no puedes dar marcha atrás.

-Creo que entiendo lo que dices, más o menos. Sé lo que quieres decir: Ceder es lo prudente, por ejemplo.

-No, Sidonie, cuando las cosas están jodidas no hay quien las arregle.

-No habrá sido así durante tres años.

-Claro que no, hubo momentos tan maravillosos…¿sabes? Momentos en los que una olvida todo. Todo. Y también que los viejos problemas podrían aclararse. Encontrar una base sobre la que…pero las cosas ya estaban jodidas.

Porque todo es igual y tú lo sabes, has llegado a tu casa y has cerrado la puerta con aquel mismo gesto con que se tira un día, con que se quita la hoja atrasada al calendario cuando todo es igual y tú lo sabes.

Has llegado a tu casa, y, al entrar, has sentido la extrañeza de tus pasos que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras, y encendiste la luz, para volver a comprobar que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un año, y después, te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida, y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas, y te has sentido solo, humanamente solo, definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes.

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La gran excusa de nuestra mediocridad:

deseas a la mujer del vecino, la de las tetas grandes,

la billetera de tu jefe, gruesa y dura,

las ilusiones de los enemigos que ves todos los días,

y los odios de los amigos que nunca ves,

pero al final todos acabamos en la mierda.

Ójala y nuestra polla o coño fuera más grande que nuestro ego,

que aunque sea equiparable no es igual,

así podríamos presumir de bicefalia y tal vez

lograr el equilibro

que siempre se nos derrama por el mismo lado.

Muchos me dicen que es más fácil escribir un diario,

pero ah,

este afán por llenarlo todo de mierda,

si buscáis belleza no os miréis al espejo.