entonces, oh belleza mía, di a los gusanos que te comerán a besos

Baudelaire

y yo que sueño con follarte, con beberte,

ahí estoy sin meditación, sin paz por la que no habla, pues qué importa ser el fénix,

la noche no es nunca completa.

En un cine porno, unos jubilados cascados contemplaban, escépticos, los retozos mal filmados de dos lascivas parejas; no había argumento.

He ahí, pensaba yo, el rostro del amor, el auténtico rostro. Algunos son seductores, y seducirán siempre, y el resto sobrevive.

No existe ni el destino ni la fidelidad,sólo cuerpos que se atraen. Sin sentir ningún apego ni, desde luego, piedad, uno juega, y después destroza.

Algunos son seductores y por lo tanto muy amados; sabrán lo que es un orgasmo. Pero hay tantos otros cansados y sin nada que ocultar, ni siquiera un fantasma;

Si acaso, una soledad agravada por la impúdica alegría de las mujeres; si acaso, una certeza: <<eso no es para mí>>, un oscuro y pequeño drama.

Con certeza morirán un poco desengañados, sin ilusiones poéticas; practicarán a conciencia el arte de despreciarse, será algo mecánico.

Me dirijo a todo aquel que nunca haya sido amado, que nunca supo gustar; me dirijo a los ausentes del sexo liberado, y del placer corriente.

No temáis, amigos, vuestra pérdida es mínima: el amor no existe en ninguna parte. Sólo es una broma cruel de la que vosotros sois víctimas, una jugada de experto.

<<El Conócete a ti mismo del filósofo griego debería seguir siendo una preocupación perpetua para los intérpretes de la música. La tradición estereotipada de una obra maestra cede el paso, en mi opinión, al impulso vivificante que le imprime la traducción de un sentimiento valientemente expresado […]

La música debe vivir en nosotros. Ella debe reflejarnos. No puede sino reflejarnos. No es sino el espejo en el que inscribimos nuestra imagen. Nuestro arte tiene eso de maravilloso que nos permite recrear una belleza, si no muerta, por lo menos adormecida entre las líneas de los pentagramas.>>

La mejor solución: responder a los deseos de las masas eligiendo al cargo supremo a la persona más apta para representarlas: un hombre capaz de escuchar la voz del pueblo, conocer sus aspiraciones y anhelos, identificarse plenamente con él. De decir: yo soy el pueblo, y dialogar con él, consigo, en el espejo; de eliminar todo asomo de contradicción entre ambos gracias a la exclusión de cualquier tipo de instancias intermedias, de asumir su yo infinito, multitudinario, y asegurar sin complejos su progreso y felicidad.

En consecuencia: comer, tragar, beber, engordar, extender los límites corporales al último agujero del cinturón y luego romperlo: ¡una gran victoria de masas! Acumular los pliegues de grasa en la sotobarba, estómago, nalgas, muslos, abdomen, caderas: ¡nuevas conquistas populares! Desenvolverse cada vez más, ganar en volumen y circunferencia, perder de vista la parte inferior a la ingle a causa del diámetro increíble del cuerpo: ¡otros tantos éxitos de la plebe, motivo gozoso de fiestas y regocijos! Dilatarse como un globo aerostático, crecer, establecer nuevos planes de desarrollo y expansión, rebasar metas tenidas por imposibles, escuchar las aclamaciones del gentío, los gritos de Macho, Padrote, Caudillo, Comandante en Jefe, Guía Supremo, Benefactor. Emitir eructos entre las barbas, descifrar la voluntad soberana en las propias ventosidades y borborigmos. Pesarse regularmente en público y comprobar que el pilón adjunto al brazo mayor de la romana sube al tope en medio de los aplausos y las ovaciones de la multitud enfebrecida.

lautrec in bed

Tratemos de ser felices, recomiendo yo, chupando la miserable costilla humana.

Extraigamos de ella el líquido renovador,cada cual de acuerdo con sus inclinaciones personales.

¡Aferrémonos a esta piltrafa divina!

Jadeantes y tremebundos chupemos estos labios que nos enloquecen; la suerte está echada.
Aspiremos este perfume enervador y destructor y vivamos un día más la vida de los elegidos: de sus axilas extrae el hombre la cera necesaria para forjar el rostro de sus ídolos. Y del sexo de la mujer la paja y el barro de sus templos.

Por todo lo cual cultivo un piojo en mi corbata y sonrío a los imbéciles que bajan de los árboles.